_Vuelcos

Vivir es jugar a ser mayores.

Sé que en mi desasosiego, me lamento, puede que constantemente, de ciertos aspectos. Lo cierto es que ya sea por cobardía, ya sea por valentía, ya sea por lo que sea, no me gusta el juego. 

Yo quiero jugar a otro juego, otro juego que no está ni bien visto, ni aceptado, y que levanta a veces risas pero casi siempre desconfianza. Lo cual no trasciende más allá del propio gesto de temor, ya que en absoluto es un conjunto de decisiones tomadas para satisfacer al resto. Esa es la única verdad.

Para ganar hay que jugar. 

Esas palabras han salido de mi boca incontables veces. Pero donde algunos ven juego, yo veo pose. Donde unos ven oportunidades, yo veo estancamiento. Y afortunadamente, a ellos les pasa lo mismo. Así que supongo que lo correcto y justo, es seguir jugando con mis normas. 

Al fin y al cabo, en este juego, nadie puede continuar la partida después de perder. 

Y perderemos, por supuesto.

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_La última risa

Esbozando una sonrisa de satisfacción, Dios se jacta de lo bueno de su obra durante unos instantes. Después, sonoras carcajadas irrumpen en el espacio abierto del cielo desde su boca, porque estoy seguro de que Dios tiene boca. Si no estuviera seguro, entonces no lo diría, y como digo, irrumpen a patadas de gracia divina, hasta hacerle llorar de la risa. 

No ha pasado tanto tiempo desde la Tercera Guerra Mundial. A veces sentía que esa guerra se había hecho para tan solo poder enumerarla, pero no. Llego el punto en que absolutamente toda la industria del mundo estaba en Africa, Sudamérica y Asia. Así que estos buenos señores, que vivían explotados y morían como podían, se habían levantado en armas contra países con “capacidad de respuesta táctica nuclear”. 

Y en efecto, se repitió lo de Vietnam, y lo de Irak, que aunque no fueron guerras mundiales, la mierda, nos salpicó un poquito a cada uno. 

Pero de nuevo, como en una palangana de agua estancada que un niño golpea para ver como se derrama el agua, todo acaba por volver a la calma, y todos son amigos de nuevo, al menos hasta que a alguno se le vea cruzar los dedos debajo de la mesa. 

Ese es un cabrón desalmado que amenaza la paz y la convivencia, y debemos eliminarle de la faz de la tierra.

Jeremiah, no es más que un Amish temeroso del señor, estancado en un pasado para él mejor, sin agua corriente, ni electricidad, ni teléfono, ni internet, ni peep shows, ni camareros sonrientes, ni furcias, ni hijos de puta armados con rifles de asalto disparando indiscriminadamente en su instituto porque ya no tienen fe en nada. 

Jane es su fabulosa esposa, casta, pura, una mujer como manda el Señor. Esperan su primer hijo después de 9 meses de gestación sin sobresaltos. 

El doctor Ezequiel, que domina a la perfección el arte de las hierbas curativas y ha traído al mundo a unos 30 retoños Amish, trabaja en la entrepierna de Jane afanosamente, ayudando al pequeño Joseph a venir al mundo que el señor ha creado. Jane desgarra con sus gritos la antesala del paritorio, donde esperan impacientes Jeremiah, sus hermanos y hermanas, los padres de Jane y sus dos hermanas gemelas. Los padres de Jeremiah murieron en un accidente de coche el único día de sus vidas en el que fueron a por una medicina necesaria para tratar cierta dolencia de su padre. Su autobús chocó contra la mediana de la autopista y fué embestido por un camión cargado de ácido que hizo la tijera antes de volcar e inundar el interior del autobús con su contenido. 

Sólo se encontraron las gafas de la madre de Jeremiah.

El viejo doctor Ezequiel muestra una cara de asombro desmesurado, casi pánico, mientras sostiene a la criatura recién surgida de entre las piernas de Jane. Entre sus manos, se revuelve un precioso y rollizo bebé medio calvo, empapado en líquido amniótico aún, llorando y berreando como todo bebé sano debe hacer nada más nacer. 

El problema, es que el crío en cuestión, es oriental. Cosa un poco desconcertante, porque no ya los Amish guardan una escrupulosa fidelidad hacia sus parejas, si no que el ciudadano japonés, diría yo, más cercano, está ahora mismo a unos 500 kilómetros de distancia comiendo ramen precocinado mientras ve la Super Bowl en la televisión por cable. Junto a él, su mujer, también japonesa, y sus 3 hijos, disfrutan también de la cena y del espectáculo del fútbol americano. 

La tragedia es obvia, pero no hay explicación. No hay nada más triste en el mundo, que una mujer sollozando después de dar a luz. Porque bajo ningún concepto son lágrimas de alegría. Jeremiah, aunque no bebe, ya va por la tercera botella de vino de misa. El doctor Ezequiel intenta contactar desde una gasolinera a 15 millas, con algún doctor de la gran ciudad, ya que después de echar un ojo a la Biblia, no ha encontrado nada lo suficientemente satisfactorio. 

 

Pobres Amish. O no, porque aunque no lo sepan, no están solos en esta desgracia. Este curioso episodio que aquí se relata, está ocurriendo ahora mismo en todos y cada uno de los paritorios del mundo. Desde la clínica norteamericana más prestigiosa, hasta una chabola en medio de la llanura africana. Todas y cada una de las mujeres que den a luz a partir de ahora, parirán al hijo de otra. 

Y sentirán el rechazo, y tendrán que aprender a amar a alguien que han llevado dentro de sí. Y habrá miles de problemas por sospechas de infidelidad. Y asesinatos. Pero como en una palangana de agua estancada que un niño golpea para ver como se derrama el agua, todo acaba por volver a la calma, y todos acabarán aceptando otra cosa más que son capaces de explicar. 

Es por eso que Dios está llorando de la risa. Porque esta última broma antes de asumir que ya nadie tiene esperanza ni fe y pegarse un tiro en la cabeza, ha sido una de las mejores de toda la jodida Historia.

_Flashstand

Ah, joder, vale.

Escucho las alarmas previas a un bombardeo táctico nuclear sobre población civil que hice que me implantaran en el cerebro aquella vez. 

Estas alarmas, las accionan una serie de estímulos, que cada vez se dan más, situaciones que se repiten curiosamente de noche, curiosamente con un denominador común, curiosamente siento curiosidad. 

Un científico loco coge una probeta de pyrex y mezcla en ella los ingredientes necesarios para personalizar una única bala que no puede matar a nadie excepto a tí. Repite la operación varias veces, y arma con esta temible amenaza a personas con un único objetivo en sus vidas: acabar con la tuya. 

Conocen tus puntos débiles, sus lobotomizados sistemas nerviosos lanzan impulsos que actúan con precisión meridiana sobre tu incapacidad. De todas formas, piensas. Tampoco era tan complicado, piensas. 

Pero bueno, ¿qué dijimos sobre pensar, jovencito? Que nada de pensar. Que luego hay mucho, mucho más que pensar. 

En fin, estando en situación de Def Con Uno, por un momento, y desobedeciendo como un niño malcriado, piensas, y te despejas. 

Y notas algo. No mucho al principio, pero después se hace más notable. Así que vas al espejo del baño, y enfocas tu vista sobre él. Ahá. En efecto es lo que pensabas. Un brazo cubierto con lo que parece ser la manga de una bata blanca, coronado por una mano provista de un guante de latex te sale de la base del cráneo. 

La mano empuña una probeta de cristal pyrex llena de los ingredientes necesarios para personalizar una única bala que no puede matar a nadie excepto a tí. Y sin mediar palabra, y antes de que puedas reaccionar, te lo estampa en la cara desgarrando tus ojos, mejillas y labios y saturándolos con la temible amenaza, que tiene un único objetivo: acabar con tu vida.

_Hidrocodona y la playa

En el suelo hay un dibujo de una playa. Y un bote vacío de Vicodina. 

Y ahora, incomprensión en la cara de Inés. Ah, y pánico. 

Y otra vez incomprensión. 

– ¿Por qué estás a su lado y no haces nada? Después de que te haya hecho un dibujo y todo… Eres un hombre malo. 

Él la mira, y no dice nada. Saca su teléfono y llama a una ambulancia, mientras recoge el dibujo del suelo y lo posa delicadamente sobre la mesa. 

Cuando se gira, Inés no está allí ya, pero tampoco parece importarle demasiado. Total, ¿Qué va a poder hacer ahora para calmarla? Probablemente… nada.

_Tan sólo un mal sueño

Hace frío, pero no es más que otro de esos sentimientos que se olvidan en cuanto se tiene algo por lo que sonreír. Una simple sonrisa a veces es como un borrador de la verdad, en cuanto la tienes, que le jodan a todo, y que viva tu círculo de forzada felicidad. 

A veces es justo al reves. 

A veces al contrario, o sea, como ahora. 

Desde la punta de la calle, contemplo la abarrotada plaza. Puedo notar el frío en mi nariz. Puedo notar que ya no noto los dedos, y que me duelen un poco los ojos. Los noto hinchados, puede que haya estado llorando. No lo sé. No puedo notar nada a mi espalda, tampoco pienso girarme. 

Doy el primer paso, y no consigo imprimir mayor velocidad a mis movimientos que la cámara lenta, cuestión que parece propagarse como un viento gélido por todo el lugar, ralentizando la preciosa estampa navideña. 

Mi gabardina gris oscura queda suspendida a unos centímetros detrás de mí, debido a la peculiaridad de la forma en la que tengo que moverme. Porque realmente, no parece que vaya poder hacer esto a mayor velocidad. Sería como desaprovechar la oportunidad, que se me antoja como muy esperada, aunque no puedo saberlo con exactitud. 

Me arrojo a la marea de humeantes seres humanos que se dibuja y desdibuja a cada centímetro que me muevo, en complejas oleadas algorítmicas basadas en la simple reutilización de espacio vital.

Un padre mira a sus hijos, mientras los empuja con cariño desde la nuca para que no se rezaguen. Un pobre hombre toca el acordeón en una esquina. Una novia observa horrorizada como al amor de su vida le rotan los ojos quedando completamente en blanco, y cae al suelo de rodillas mientras le sangran los oídos. 

Comienzan los gritos, y el caos. Nadie sabe qué hacer exactamente. La primera reacción es el miedo. La segunda el rechazo. La tercera la angustia. La cuarta el llanto. La quinta nunca llega porque tus globos oculares se voltean. 

O bueno, llega, pero en forma de insufrible dolor en las sienes. Qué es lo que lo causa no está muy claro. Qué es lo que se siente, se desconoce, pero se asume que es bastante desagradable. 

Básicamente porque mueres, al final. 

En este escenario dantesco avanzo como levitando, mientras mis ropas ondean y mis cabellos se agitan, y se me escapa una lágrima porque no entiendo gran cosa, y no puedo dejar de andar hasta el otro lado, mientras todo el mundo grita y hunde sus sonrisas en la más absoluta inexistencia. 

El ruido de los cuerpos se sucede a medida que los gritos de horror y pánico se extinguen. Seguidos de más rodillas chasqueando al caer contra la piedra. 

Todo está borroso ahora, y en silencio. 

-Vaya sueño. 

-Ya lo creo. Parecía tan… real…

-Bueno… lo que tiene que pensar ahora, es que eso no es lo más importante, ¿De acuerdo?

-Sí, sí, por supuesto…

-Buena chica. Tan sólo ha sido un mal sueño. 

-Tan sólo un mal sueño… Por supuesto.