_Malum per se

Todos los coches de la calle están cubiertos de escarcha. Al fondo, en el cruce con la calle perpendicular a tu casa, se ve a algún vecino que aplica spray descongelante a la ventanilla del conductor mientras su hijo (por el tamaño, podría ser su mujer o marido, o Dios; podría ser cualquiera, en realidad) se afana en rascar el hielo de la luna delantera.

ras ras ras

Llega tenue el sonido de la herramienta de plástico sobre el hielo.

El coche que nos espera, por el contrario, no parece haber sido afectado por la ola de frío. En su interior el chaffeur nos indica levantando un par de dedos y agachando la cabeza que está ahí, que es él.

– Sube – espetas.

Te miro. No parece que haya otra opción, pero sigo sin entender. Antes de abrir la puerta y entrar al vehículo, echo una última mirada calle arriba. Ya no se ve a nadie. Estoy a punto de agachar la cabeza para librar el umbral de la puerta cuando veo otro coche a lo lejos, arriba del todo de la calle.

– ¡Sube! – casi gritas.

Tu prisa me pone un poco nervioso. El coche se pone en movimiento incluso antes de que me de tiempo a cerrar la puerta. Alcanzo el cinturón de seguridad y tiro de él para abrocharlo, pero estoy tirando demasiado fuerte y se bloquea, se bloquea. Se bloquea, y se bloquea. Cada vez vamos a mayor velocidad y no parece que el conductor se pare demasiado a comprobar si los cruces están despejados o no.

Por fin consigo ponerme el cinturón, momento que aprovecho para mirar hacia atrás. Nadie nos sigue. Ha sido todo una figuración paranoica de las mías.

– Es mejor que te deshagas de ese libro cuanto antes. Arranca las hojas al menos. No sé. Lo que mejor te parezca.

Te miro confuso.

– Creo que estás sacando todo de quicio. Quiero decir, ¿qué se supone que estamos haciendo? Hoy íbamos a ir al Centro. ¿Qué hay de eso?

– No tiene ningún sentido ir al Centro. Nos vamos al aeropuerto ahora mismo.

Esta vez ni te miro ni contesto. Simplemente aparto la mirada.

– Ya sabes lo poco que me gustan los aviones.

– Ya sé lo poco que te gustan muchas cosas.

Cierro los ojos por lo que parecen ser horas.

[…]

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_Come todo lo que puedas, ¡nos van a pillar!

– ¿Dónde has dejado La Lista? – Pregunta.

– Está ahí, sobre la mesa. ¿Es que no la ves? Ahí, junto a la esquina.

Señalo con el dedo y retuerzo los ojos en un ademán de hastío. La Lista no es más que un cuaderno de tapas gruesas de cartón laminado rojo y hojas con renglones azul pálido, usados como guía para escribir derecho. Lo dejé en la mesa hace un par de días, cuando terminé de escribir gran parte de los temas de interés para esta temporada. La Lista en sí es el contenido del cuaderno, pero bueno, la costumbre adquirida es a veces incorregible y tratándose de un tema tan trivial es hasta conveniente simplificar.

Por fin posa la vista sobre el cuaderno y lo coge, no sin vacilar un instante. Bueno, más que cogerlo lo ase de uno de los extremos y lo medio arrastra por el borde de la mesa hasta que por fin queda colgando de su mano. El movimiento, reflejo de algún tipo de vaguedad adquirida a lo largo de los años, fomenta la impresión de que el libro pesa un quintal, cuando en realidad no llegará ni a los 400 gramos. Me mira. Atisbo cierta confusión en su mirada.

– ¿Qué cojones?

Abre su mano, y el libro cae sobre la moqueta. El impacto es fuerte, como el de una carpeta archivadora a rebosar de papeles o el de un tomo de enciclopedia Larousse.

– La Lista. Pesa una puta barbaridad – espeta, soez.

– ¿De qué hablas? Pregunto y comienzo a moverme, mientras mantengo mi mirada en sus ojos. Me agacho, flexionando las rodillas. Puedo ver claramente la muesca que ha horadado el libro al impactar. Bajo la fina alfombra, el suelo es de madera. Palpo con los dedos y puedo notar como una o dos tablas se han hundido ligeramente.

– ¿Qué…

Intento agarrar el libro pero me muerdo las uñas casi todos los días, y no consigo hacer el hueco suficiente entre el mismo y la moqueta. Finalmente me ayudo de mi otra mano, y consigo levantarlo. No sin dificultad me yergo e intento comprender. Abro el libro. Todo sigue ahí; quiero decir, es el mismo cuaderno que usé la última vez, ahí están mis últimos comentarios a lápiz, como de costumbre.

– Es… – Comentas – como si las hojas fuesen de plomo…

Te estoy escuchando pero a la vez me estoy escuchando a mí mismo pensar muy rápido, e intercalo tu cara con la del libro, con los textos de La Lista hasta que finalmente, tras unos instantes, simplemente lo vuelvo a dejar sobre la mesa.

BLAM

– Necesito tiempo para pensar – manifiesto, mientras cojo mi chaqueta y me dirijo a la puerta.

– No te puedes ir ahora.

– ¿Hm? ¿Dices algo?

– Digo que… no te puedes marchar.

– Será un momento. Sólo voy a dar una vuelta y…

Me interrumpes.

– No hay tiempo para eso. Guarda el libro en tu mochila y vámonos de aquí. ¡Nos van a pillar!

[…]