_Japón

Japón, año 2021

 

Estoy borracho en Roppongi. 

Quiero decir. Estoy en Roppongi. Estoy borracho, sí. Pero nada que ver con el resto de gente del Karaoke Bar. Los asiáticos no metabolizan el alcohol como los caucásicos. Simplemente sus cuerpos no pueden hacerlo aún del mismo modo. 

Sus cuerpos no pueden hacer muchas cosas del mismo modo.

Estoy sentado en un taburete en la barra. Llevo la misma camisa negra, exquisitamente planchada, que aquel día en Londres en 2014, cuando te conocí. Recuerdo la camisa, la distinguiría entre mil millones de camisas idénticas. 

Voy por mi novena cerveza, y el cenicero que tengo a mi derecha requiere ser cambiado por el camarero cada 25 minutos. Las dos últimas veces los he contado, segundo por segundo, mirando al reloj de la pared. Cuando sostengo mi rollie en alto, apoyando el codo sobre la barra, por obtener algún tipo de imagen de algo en mi persona, o simplemente por que me de el humo directamente en mis cansados ojos, que permanecen detrás de las mismas gafas que me compré en Bilbao hace ya 5 años; no puedo evitar ver las pulseras que penden de mi muñeca derecha. 

Hacía muchísimos años que no llevaba ninguna pulsera. La primera, la más grande, que pende de forma más o menos molesta sobre el resto, es una de esas pulseras tácticas fabricadas con paracord y que puedes desenrrollar para obtener una especie de soga de unos 10 metros, con una resistencia en seco de 150 kilos. también tiene un puto silbato, por si te apetece tocar los cojones. 

Bajo ella, como digo, están las 3 pulseras que me regalaste. Sólo tú sabes lo que significan. Nunca me lo dijiste, y nunca te pregunté. 

Llevo las últimas 4 horas aquí viéndolas de golpe cada vez que me olvido, y durante un periodo de tiempo eterno cada vez, divago sobre todo lo que fue y todo lo que pudo haber sido. 

Las ideas se apelotonan en mi cabeza, en parte por el lío que tengo en ella, en parte por las Sapporo Special que produjeron con motivo de la reapertura de la fábrica de Fukushima. 

Recogiste mis pedazos y mi mierda y mis malas formas, después de ver qué es lo que hacía con mi vida. Yo no entendía nada. Te miraba mientras descorchaba otra botella más de vino en mi habitación, y pensaba que todo podría ser contado esa misma noche mientras bebíamos. Pero tú no te ibas. 

Nunca te fuiste. Agarrabas mi brazo, mi hombro mi codo mano antebrazo bíceps, tríceps, agarrabas mi polla, agarrabas mi espina dorsal pero milagrosamente no mis huevos. Nunca los tocaste. “Son enormes”, decías, borracha como una cuba. Me imaginaba que eras una niña inocente que me había dado las fuerzas necesarias para creer en Dios y salvarla de la desgracia que es el Mundo, pero en realidad tú fuiste quien me salvaste. 

Me salvaste de mi mierda, de mí mismo. Me salvaste de Londres. Me salvaste del terrorismo internacional. Me salvaste del tedio del trabajo. Me salvaste, curiosamente, del alcohol, porque beber contigo era beber con Jesucristo mismo, no era beber, era un acto de bondad, era una terapia por fin. Por fin beber era una terapia válida, durante la cual te podía mirar a los ojos y por primera vez en mucho tiempo, no me daban ganas de vomitar o de soltarte un par de codazos en la cabeza.

 

Tú me salvaste. 

 

Para después irte para siempre. 

 

Y aquí estoy, en Roppongi. Estoy en el mismo sitio en el cual me dejaste. No me diste instrucciones, no me avistaste del después. Simplemente todo acabó para ti y yo me quedé ahí como un niño sólo y en pañales, cuestionando nada y todo al mismo tiempo, y bebiendo demasiado rápido. 

 

Me dejaste en Japón hace ya 554 días. 

 

Voy a estar de luto por Siempre Jamás. 

 

 

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