_En otro tiempo fui más joven, pero no mejor (2 de 4)

Desde entonces, no se puede decir que hubiera vuelto por Barcelona. Bueno, sí, vine a un festival de música, pero vine acompañado. No cuenta, no es más que un simulacro de viaje ir con otras personas. Es como una de estas tiendas de campaña que lanzas al aire y se abren en unos segundos, un trozo de tu vida que te llevas, lanzas al aire allí donde vas, y después doblas y vuelves.

No se puede hacer eso cuando vas sólo. Yo no, al menos. Cambia el filtro por el que percibo todo considerablemente.

Como digo, menos esa vez y otra en la que tan sólo hice un tránsito en el Prat, de resaca y de mala hostia, no había estado aquí desde aquello.

No recordaba este puto calor que se te pega y te quita las ganas de todo. De absolutamente todo, es increíble. No quiero ni echarme un cigarro, tengo que dormir 2 horas para recuperarme después de beberme un café, y sudo a cada paso. Y cuando estaba contigo aquí, además, me jodía el cerebro a cada paso.

Sabes, realmente he seguido pensando en tí. He hablado de tí mil veces, y si has seguido leyendo esto, te habrás dando cuenta perfectamente. Tu tuviste la culpa de ser como eras, yo de fijarme en tí. Y ahora estoy aquí, y quiero ir a Gran Vía, y a plaza de Espanya, y no es como si fuera a cambiar nada por ir, pero sigo queriendo ir.

El problema, es que la vida es jodida. Lo voy a averiguar muy pronto si no lo se ya, pero a mí no me va a pasar lo que a tí. No me va a pasar lo que a tí, porque he podido tragar mierda a raudales durante años apenas sin cambiar el gesto. He tenido mierda, literalmente, entre manos, en mente, a la vista, pero lo he canalizado como buenamente he podido y le he echado cojones cuando hacía falta, que es, por otro lado, lo último que nos queda a los cobardes: Sacar coraje o yo que se qué en momentos puntuales para esquivar las putas balas de nuestros errores.

Además, el hecho de aguantar hasta el último momento, a veces abre posibilidades mejores de forma más sencilla que huyendo y empezando de cero. Lo he visto este año. Sigo sin tener claro a dónde coño voy, pero al menos tengo un ligero trazo que seguir como buenamente pueda.

A mucha gente, no se si te has dado cuenta, este boceto a mano alzada de lo que vas a hacer, le jode profundamente y trata de arrastrarte hacia su absurdo sin parar. Esta gente se cuenta todos los “problemas” cada 5 minutos. Es realmente cansino, la justificación mediante el diálogo. No sé si ha llegado a funcionar en la vida.

A ti seguro que no, pero bueno. Tu tienes lo tuyo por no darte cuenta de cual es tu guerra, yo tengo lo mío por especialito.

Y ahora, sencillamente. Tengo 4 años más. Y eso es todo.

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_En otro tiempo fui más joven, pero no mejor (1 de 4)

Verano del 2000.

No sé porqué, cuando pienso en el año 2000, o en el 2001, incluso en el 2002, me parecen algo cercano. Después le resto 10 a mi edad, para calcular cuantos años tenía, y me cago en Dios.

Por aquél entonces, Cambrils, o más bien el sur de Cambrils (que si bien no era el pueblo en sí estaba bajo la misma jurisdicción) era zona de acuerdos cerrados en discotecas de esas a las que se entra bajando escaleras.

Aproximadamente 2 kilómetros a pié de playa de urbanizaciones más o menos agraciadas, minigolfs, ultramarinos, piscinas rebosantes de cloro. Pistas de tenis, parkings descuidados, campings llenos de alemanes. Campings abandonados, estos ya sin alemanes. En cambio sí con jóvenes españoles bebiendo al anochecer. Y caminos de tierra, junto al mar, junto a las playas artificiales creadas volcando en la costa cientos de toneladas de tierra y arena, traídas de la construcción del metro de Valencia, las ampliaciones de línea del tren de Barcelona y de la zona desértica del interior.

El escenario, ya os habréis hecho una idea, era una maravilla para gente con la imaginación despierta. Burdeles a los lados de la carretera nacional rodeados de más burdeles, algunos funcionando, otros abandonados. Hoteles absurdos en lugares absurdos. Gente que se levanta a las 6 de la mañana en vacaciones para plantar la sombrilla en la playa, y después se va a dar una vuelta por la ribera de un río seco que huele a heces.

Me gustaba pensar que ocurrían miles de crímenes en dichos burdeles y disco pubs cutres, así como en las habitaciones de los Night Inn de la nacional, y que todos los cadáveres acababan escondidos entre las cañas de la ribera del río, medio enterrados. Nunca vi ninguno, pero claro, tampoco planté una sombrilla a las 6, y la ribera, sólo la veía desde la carretera que la recorría en uno de sus lados, ya que baja ahí para volver a subir era algo estúpido.

Como todas las familias felices españolas de vacaciones en la Costa Daurada, teníamos un itinerario favorito, y una playa favorita, y unos vecinos favoritos con los que ir, junto con sus hijos, a cenar a nuestro restaurante catalán favorito. Allí sacábamos tablas de embutidos, y… es lo único que me acuerdo. De eso y de los pijamas de postre.

Recuerdo a Inma, y a Raimon. Los hijos de la hermana de la dueña (si no es así, disculpadme). Recuerdo que iban a ir a estudiar a mi mismo colegio, pero en Cambrils, lógicamente. Recuerdo que jugábamos con ellos desde hace años, pero claro. Inma y yo, éramos de la misma edad. Precisamente de la misma edad. Y creciamos a la par. Y ella era una chica. Y yo era un chico.

Sólo que claro, ella iba a ser una mujer impresionante, como demostró años después cuando la vi por casualidad a lo lejos, y yo era un niño gordete y desgarbado, con gafas enormes cubriendo mi cara. Nuestra amistad, como todas las amistades entre hombre y mujer, se vió enrarecida cuando empezamos a segregar hormonas. Nos mirábamos raro, y todo eso. Mi hermana y Raimon, por el contrario, bastante más jóvenes, seguían jugando ajenos a lo que ocurría entre Inma y yo.

Ahora, la verdad es que como colofón me gustaría decir: “Y fue nuestro primer beso, y fue muy bonito y lo recuerdo con cariño”.

Pero no. Nunca nos besamos. Perdimos contacto. No existía internet, no existían los teléfonos móviles. Creo recordar que apunté la dirección de alguna manera, hoy podría conseguirla en pocos minutos si quisiera, al menos la del restaurante. Pero tampoco importaría, porque el restaurante lo cogió otra gente, otra familia, y pasó a ser el favorito de cualquier otro pero no el mío, ni el de nadie de mi alrededor.

Cada verano, las cosas iban cambiando, pero ella siempre surgía en algún punto de mis sueños o pensamientos mientras estaba allí. Proyectaba su cara en la de cualquier chica que tuviera pinta de ser más o menos como ella, y confiaba en la baza de tener algo más de experiencia cada año. Pero nada.

La última vez que la vi, iba en moto por el paseo. Hace años la gente circulaba en moto por el paseo principalmente porque no estaba construído en su totalidad, con lo cual era difícil delimitar lo que era costa virgen (sigh) y paseo marítimo. Raimon iba de paquete. Yo iba andando ensimismado, agitando la arena del suelo a cada paso, unos 10 metros por delante de mis padres y mi hermana. Justo cuando pasaron, levanté la cabeza y la giré a tiempo de ver su perfil a escaso medio metro, y la sonrisa inconfundible de su hermano. Él se giró: me había reconocido. Yo me quedé viendo cómo se alejaban lentamente, e intuí que él le decía algo a ella, ya que se giró sólo un segundo, y volvió a mirar hacia atrás. Yo me quedé boquiabierto, maravillado.

Al menos Cambrils me guiñó un ojo después de todo, más allá de burdeles y demás atrezzo especulatorio.

Raimon e Inma. Espero que tengáis motivos por los que sonreír cada día.