_Nota al pie

A veces todo cobra un cariz tan absurdo, que incluso si todo Esto no tuviese una pinta maravillosa, el camino a seguir sería la evidencia en todo su esplendor, señalado por un dedo índice gigantesco.

 

 

 

 

 

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_Cadaver

Hay un árbol

Que pasa junto a un río

Que simplemente permanece

Porque es mejor que corra el árbol

Y no él

Porque para qué.

Hay una roca que arrulla al viento

porque para qué

Si huele a cerrado

y no hay árbol que de sombra

Y por último

hay un muchacho

Que viaja

con los pies bajo el río

con el agua sobre todo lo demás

Y lo hace sin moverse

porqué todo se mueve muy deprisa

Y viaja a donde quiere estar

Que es a unos 1500 kilómetros

si es que puedes nadar durante días

y a un poco más si es que no puedes nadar durante días

o lo que sea

Y le da igual lo raro o absurdo que sea todo

o lo lejos que esté Ella

porque él

sobre todo

Viaja hasta su Cuello

y hasta su Abrazo

.

_Sombrero de Copa (parte 2 de X)

Llegó a la cuarta planta como un ciclón, casi resbalando por la moqueta roja.

Paró en seco y le dio un ataque de risa al imaginarse la amoratada boca del botones. Quizá antes de irse pararía y le daría una paliza con la manos desnudas.

Sí, porqué no.

Sombrero de Copa suspira fuertemente, se asegura de que el monóculo sigue en su sitio – y así es – y tras posar brevemente con el bastón perpendicular a su pierna derecha, totalmente erguido, prosigue su marcha hasta la habitación del gobernador.

Toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc!

Abre la puerta un hombre con una libreta apoyada en su brazo y sujeta con su mano. En la otra tiene un bolígrafo Bic de color azul.

-¿Qué desea? – espeta.

-¡Quisiera hablar con el Gobernador!

El hombre comienza a girar el bolígrafo, atrayendo la atención de Sombrero de Copa hacia sus manos.

-El señor Gobernador no recibe visitas más tarde de las 6, lo siento mucho. Tendrá que volver mañana. Hasta luego.

Y cierra la puerta, dejando a Sombrero de Copa frente a frente con la mirilla de la misma.

Pasan dos minutos. Y luego pasan otros tres o así, y Sombrero de Copa, que ha estado callado todo el tiempo, pensando, inexpresivo, que tan sólo ha dejado de hacer tanta fuerza con el ojo para sostener el monóculo, da dos golpes con el bastón en la puerta – toc, toc – y espera.

Se oye una maldición al otro lado, y el mismo hombre vuelve a abrir la puerta. Pero ya no hay nadie. Pero sí parece haber algo. Desgraciadamente ha tenido que asomar un poco la cocorota para verlo, y es demasiado tarde para esquivar el bastón que se acerca a unos 80 kilómetros por hora. El hombre cae inmediatamente al suelo, partiéndose el labio superior contra uno de los enganches metálicos de la moqueta, y sangrando abundantemente de la cabeza.

-¡NO SOPORTO LOS BOLÍGRAFOS BIC! ¡NO LOS SOPORTO! – grita Sombrero de Copa, pateando el cuerpo que no es más que un peso muerto ahora mismo.

Después, se reajusta el frac y la dignidad – que apenas se han movido – y entra a la habitación pasando por encima del moribundo asistente del Gobernador…