Me levanto de la cama. No tengo sueño. He dormido hasta tarde.
O eso creo.
Me levanto de la cama. No tengo sueño. He dormido hasta tarde.
O eso creo.
Agárrate a lo que puedas.
Mentira. Mirada. Cigarro. Amor. Rechazo.Duda. Porro. Foto. Sexo. Borrachera. Viaje. Pelea. Suspenso. Logro. Canción. Pensamiento. Deshecho. Arrepentimiento. Rencor. Odio. Lágrima. Fiebre. Verguenza. Risa. Fiesta. Insulto. Concierto.
Suéltate. Según como lo mires, la vida son unas cuantas primeras veces que se convierten en rutina.
O quizá el continuo intento por conseguir la misma sensación de la primera vez.
Todo tiene un límite. Todo.
Te puedes pasar años pensando, alcanzando ideas y llegando a conclusiones. La mayoría de las veces no son más que cábalas de poca monta que no aspiran a nada más. Pero un buen día, descubres que otras personas, desde su propia experiencia, tan distante de la tuya, y con lo poco que compartís, han alcanzado las mismas ideas y conclusiones.
No sabes si llorar y reír a la vez, o si creer que existe algún tipo de determinación Superior que sincroniza los procesos cerebrales de los humanos que están en una situación de algún modo similar. Algo no tan descabellado por otro lado. Lo de la sincronización condicional, digo. Mierda, y más mierda.
Toda la vida has seguido las pautas que te han dictado. Probablemente, la ignorancia más absoluta te ha hecho llegar a donde te encuentras ahora. No tu ignorancia, si no la de aquellos que te han aconsejado. Y tu, te dejas hacer. No por tu docilidad, si no porque a cierta edad, no tienes nada en claro. Desconoces Nuevenoventaicinco. Desconoces Standstill. Después te darás cuenta, de que hay gente que se ha molestado en pensar las cosas, en vez de cosar las pensas. O algo así. Pero pensarás que es demasiado tarde. Y demasiado dificil. Estas pillado por los huevos, amigo. Tu entorno ejerce más influencia sobre tí que tu propio cerebro.
Pero se te escapa algo. Tu entorno, tus condicionantes. Desaparecerán un dia. Y ese día, te cagarás en muchas cosas sagradas. Por no hacer lo que debías haber hecho. Pero… a ver quien es el que tiene los cojones, ¿no? Estamos hechos para dudar de las pocas cosas que tenemos claras.
Los mayores no tienen miedo, porque sencillamente si tienen tiempo para tener miedo, es que lo están perdiendo.
Hay… una cosa…
El problema, básicamente, radica en que mis alicientes se encuentran demasiado lejanos a “lo-que-debería-hacer”. Quiero decir, si mi deber resultara un aliciente, entonces, guau, genial, La Panacea. Pero no. Y supongo que con pocas personas… a no ser de que sea algo vocacional o un déficit mental. Cada uno tira hacia donde quiere…
Es complicado forzar a tu cuerpo a hacer cosas contra su voluntad, hablando desde el punto de vista vegetativo. Como cuando tienes un cubata en la mano, pero sientes el aviso: un trago más, y te pasarás 4 horas vomitando. Cómo obligarte a “lo-que-deberías-hacer”, cuando ello y todo lo que lo rodea (o casi su totalidad, al menos), crea en ti un asco inaplacable, no algo que puedas superar tapándote la nariz y arrugando el morro, si no algo que sientes que te pudre la cabeza, por hipócrita y por desgraciado.
Tras un par de sorbos de cafe con mucha, mucha azúcar, te das cuenta de que peor que tu situación es la de los infelices, que ya estén a tu nivel o dirigiéndote como cliente-alumno, están convencidos de la bondad de su trabajo. Una cosa, es querer tener la autoestima alta, y otra muy distinta, dar por buena una jodida mierda que no vale ni como boceto a mano alzada en la servilleta grasienta de alguna cafetería de la periferia. Para nada.
Recuerda con tristeza el día en el que te diste cuenta de que te estaban metiendo con calzador información que, aunque sabías que existía, no te interesaba procesar. La excepción para la cual no valía la máxima: “el saber no ocupa lugar”. Ocupar, no ocupa, pero ensuciarte la mente, te la ensucia, y mucho.
No en vano te has pasado la mayor parte de tu vida pensando. No para que te den la mierda en una pequeña bandejita con el símbolo de su secta, y se queden a tu lado de pie esperando a que te lo acabes todo, para castigarte en caso contrario.
Así es como nos sentimos algunos.
Te das cuenta de que lo vuestro no hubiese funcionado en la puta vida. Bajo ningún concepto. A diario deshechas la posibilidad de hacer doble click y forzar un saludo. Pero prefieres no hacerlo antes que irte sin despedirte.
Es triste. Pensar en cosas más tristes aún no te consuela. La gente ahí fuera sufre, pero nadie tu parte. Cada uno lo suyo. Con eso sobra y basta, menos a veces. Si no era una de esas veces, entonces, es que no iba a ningún lado. Quizá te cueste admitirlo. Es igual, porque hay verdades que destruyen cualquier puta ideología, por infecta y propensa a ser adoptada que sea.
…
Y qué más da. Todo acaba por ser efímero si miras desde la distancia adecuada.
Eres tan diferente, original… eres tan capaz de sacar lo mejor de cada oportunidad, creando a cada paso algo nuevo y único, algo que evoque tus sentimientos más oscuros… eres tan especial, que eres vulgar. Eres más de lo mismo, cansinas repeticiones de eventos puntuales que la gente, al pasar por ellos, siente algo especial. Eres ese tipo de persona, que a la cara se queda sin palabras y después, en la soledad de su habitación, con varias horas por delante para darle vueltas a todo, escupe, maldice, compone y destruye todo a su paso.
Eres la mezcla perfecta entre envidia y obviedad. Eres de los que odian ser mirados por la calle, y no deja de mirar.
“… le arrancarías la cabeza sin dudarlo. Harta de que te hable como alguien que ya ha hecho todo lo que tenía que hacer en la vida, como alguien cuyos continuos errores y salidas de tono deben de ser ignoradas, porque ahora sólo vive para dar indicaciones a los demás. Únicamente para deleitarse viendo sus deseos de mierda cumplidos a corto plazo, y quejándose de que no se le escucha pese cuando la verdad es que nunca deja hablar, ni pensar, ni llegar a una conclusón, ni tomar una decisión…”
No te mueras diciembre. ¿No ves que después viene enero? Y nos embriagará con su frío para jodernos mientras durmamos.
Llueve, lluvía, llueve, y arrastra el dolor, en los patios oscuros de las grandes ciudades. Arranca el pavor de quien teme su sombra. Abraza el símil que nos ofrece el día a día como una metáfora insulsa de la puta realidad.
Llueve, y tiñe de falso negro todo lo que tocas, y limpia algunas cosas, y otras conviértelas en un lodazal apestoso. Irrumpe sin permiso como dando una patada en la puerta de un baño pequeño, sobre decorado y poco iluminado justo antes de ver una sobredosis. Despierta la curiosidad de la gente.
Llueve, maldita sea, y aclara la vista del ciego, del que no le quede más remedio y del que lo sea por voluntad propia, y de su rastro de conformidad obligada. Impregna de gotas frescas de sueño cada flor, cada hilo de mi manta.
Llueve sobre el mar.
Me gusta la lluvía, pero odio mojarme. Es así de simple.
Poco a poco te conviertes en tu antítesis. La negación de todo lo que hasta ahora se suponía que tenías que representar por naturaleza. Todo aquello, no es más que un borrón lejano en la memoria. Pagaré por ser feliz, hasta conseguir no apreciar en absoluto lo que significa la felicidad. Follaré hasta que sudar pegado a otro ser humano sólamente esté a un cigarrillo de distancia. Compraré hasta que no quede nada por comprar. Beberé hasta reducir su significado simplemente a eso. Consumiré información hasta que el verdadero poder resida en ser ignorante. Confiaré hasta que no pueda levantarme más, y solo entonces, odiaré a mi prójimo. Encarcelaré a individuos hasta que la verdadera cárcel sea permanecer en el exterior. Violaré, blasfemaré, insultaré, faltaré al respeto, mataré, profanaré, hasta que sea un ejemplo de buen comportamiento social. Deshecharé hasta que la única opción sea una bala y un revólver. No compartiré con nadie, hasta que no tenga a nadie con quien compartir. Reiré mientras sea yo el que tiene el arma, y no tú.
Seré un ser humano más, hasta que no necesite a nadie para nada. Hasta que pueda suplir las sensaciones que el resto de individuos causan en mí con distintas pastillas o acciones.
No está tan lejos. Pese a que no deje de ser demagogia despreciable.
La mafia rusa en estos casos se lleva la palma. Ejecución perfecta, un trabajo ruidoso y masivo, pero efectivo. Visto y no visto.
Pero ciertamente, es algo quizá exagerado. Por ello los seres humanos, dejamos cabos sueltos en nuestra vida. Por el odio que nos induce el sujeto en cuestión, y la rabia, la rabia más desesperada y absurda, que nos hace retorcernos al vernos perdedores de la situación. Pero… perdedor es quien admite la derrota. La derrota injusta, se entiende. Y cuando un día, de la noche a la mañana, te ves capaz de ajustar cuentas, y hacer que rueden cabezas. Lo harás. Claro que lo harás, y te reirás a carcajadas mientras brindas con cerveza cara. Y escucharás Hatebreed a un volumen insano mientras andas por la calle apartando las miradas de la gente a codazos.
Porque has consumado tu Justa Venganza. Y has conseguido que todo vuelva a su curso, al equilibrio de la igualdad de condiciones.
Por las venganzas frías, y la sensación de victoria, alza el vaso Fiel.