_auto aim

Bendita paciencia que tienes, y maldita apariencia. Esto lo piensas, y me lo haces saber con un semi abrazo con frotis de espalda. 

Se agradece un abrazo después de tanto tiempo. Un abrazo de verdad, digamos. 

Aunque no nos conocemos, tú ya me has visto, y yo un poco, a medias. Pero para qué engañarnos, no demasiado. Quizá también me hayas visto mal. Todo puede ser. Pero lo básico, me consta que lo has vislumbrado de algún modo.

Yo sé, que tú piensas que yo pienso ciertas cosas. Sabiendo yo que tu sabes esto, me escama que no pienses nada más sobre lo que pienso. O igual sí, pero no lo exteriorizas. Lo cual al fin y al cabo, está bien, porque yo tampoco digo lo que pienso por que sí y a todas horas. Ni pienso lo que digo otras veces.

Me he sentido respetado. Justo en ese momento, aunque tengo la sensación de que te ha quedado una espina clavada.

Yo pensaba que a mí también, pero luego se me ha pasado la borrachera y me he acordado de todo. Así que nada.

Quizá otro día. O no.

Seguramente sí. Pero será lo mismo que hoy. 

Y cómo te gusta.

_gap

Odio los momentos.

La gente nos dejamos llevar por los momentos. Hacemos mierda en los momentos, nos arrepentimos o jactamos de los momentos.

Momentos que nosotros mismos provocamos a veces.

Odio pensar en momentos y avergonzarme. Odio el fluir absurdo de muchas cosas cuando estás en ese momento.

En ese momento, joder.

Momento que a la hora de la verdad, es como nadie esperaba y de la peor manera posible. Al menos estas veces.

_zinc

Voy a enmendar mis errores en sueños. Voy a completar mis tareas en sueños.

#Bed Tales Five: Arrepentimiento

Sin comerlo ni beberlo, dices algo que me sienta como una patada. Te doy una bofetada con la mano vuelta, que me sorprende a mí mismo antes que a ti. Me deshago en lágrimas mientras te abrazo y te pido disculpas como nunca. Te abrazo como nunca. Como nunca. 

Después empieza una pelea. Alguien me aparta para evitar que acabe en medio, y tú ya no estás. Así que me voy. Esto lo supongo, porque ya no lo recuerdo, y le pido el teléfono a un tipo que pasa por allí y me dice que un segundo. 

Pero nunca me lo llega a dar. 

_Burbujas

Érase una vez que se era un niño que vivía en una burbuja. Si salía fuera, moría.

Si alguien que el no quería que entrase, entraba, moría.

Si la televisión tenía el volumen demasiado alto, moría. Si alguien le respondía mal, moría.
Si no tenía lo que quería, moría, si no podía tener la razón siempre, moría sialgolesalíamalmoría, sisedesper

tabaantesdetiempomoría,sinole

gustabalacomidamoríasilasituación

noseceñíaasusexpectativasmoríasilemirabas

raromoríasinolehacíasca

somoríasileprestabasdemasiada

atenciónmo

ríasinoteníadineroparasuscosasmoríasiestoyaquellomoría.

Acabó pegándose un tiro el mismo día que descubrió la burbuja en la que vivía.

Fin.

_Vuelcos

Vivir es jugar a ser mayores.

Sé que en mi desasosiego, me lamento, puede que constantemente, de ciertos aspectos. Lo cierto es que ya sea por cobardía, ya sea por valentía, ya sea por lo que sea, no me gusta el juego. 

Yo quiero jugar a otro juego, otro juego que no está ni bien visto, ni aceptado, y que levanta a veces risas pero casi siempre desconfianza. Lo cual no trasciende más allá del propio gesto de temor, ya que en absoluto es un conjunto de decisiones tomadas para satisfacer al resto. Esa es la única verdad.

Para ganar hay que jugar. 

Esas palabras han salido de mi boca incontables veces. Pero donde algunos ven juego, yo veo pose. Donde unos ven oportunidades, yo veo estancamiento. Y afortunadamente, a ellos les pasa lo mismo. Así que supongo que lo correcto y justo, es seguir jugando con mis normas. 

Al fin y al cabo, en este juego, nadie puede continuar la partida después de perder. 

Y perderemos, por supuesto.

_La última risa

Esbozando una sonrisa de satisfacción, Dios se jacta de lo bueno de su obra durante unos instantes. Después, sonoras carcajadas irrumpen en el espacio abierto del cielo desde su boca, porque estoy seguro de que Dios tiene boca. Si no estuviera seguro, entonces no lo diría, y como digo, irrumpen a patadas de gracia divina, hasta hacerle llorar de la risa. 

No ha pasado tanto tiempo desde la Tercera Guerra Mundial. A veces sentía que esa guerra se había hecho para tan solo poder enumerarla, pero no. Llego el punto en que absolutamente toda la industria del mundo estaba en Africa, Sudamérica y Asia. Así que estos buenos señores, que vivían explotados y morían como podían, se habían levantado en armas contra países con “capacidad de respuesta táctica nuclear”. 

Y en efecto, se repitió lo de Vietnam, y lo de Irak, que aunque no fueron guerras mundiales, la mierda, nos salpicó un poquito a cada uno. 

Pero de nuevo, como en una palangana de agua estancada que un niño golpea para ver como se derrama el agua, todo acaba por volver a la calma, y todos son amigos de nuevo, al menos hasta que a alguno se le vea cruzar los dedos debajo de la mesa. 

Ese es un cabrón desalmado que amenaza la paz y la convivencia, y debemos eliminarle de la faz de la tierra.

Jeremiah, no es más que un Amish temeroso del señor, estancado en un pasado para él mejor, sin agua corriente, ni electricidad, ni teléfono, ni internet, ni peep shows, ni camareros sonrientes, ni furcias, ni hijos de puta armados con rifles de asalto disparando indiscriminadamente en su instituto porque ya no tienen fe en nada. 

Jane es su fabulosa esposa, casta, pura, una mujer como manda el Señor. Esperan su primer hijo después de 9 meses de gestación sin sobresaltos. 

El doctor Ezequiel, que domina a la perfección el arte de las hierbas curativas y ha traído al mundo a unos 30 retoños Amish, trabaja en la entrepierna de Jane afanosamente, ayudando al pequeño Joseph a venir al mundo que el señor ha creado. Jane desgarra con sus gritos la antesala del paritorio, donde esperan impacientes Jeremiah, sus hermanos y hermanas, los padres de Jane y sus dos hermanas gemelas. Los padres de Jeremiah murieron en un accidente de coche el único día de sus vidas en el que fueron a por una medicina necesaria para tratar cierta dolencia de su padre. Su autobús chocó contra la mediana de la autopista y fué embestido por un camión cargado de ácido que hizo la tijera antes de volcar e inundar el interior del autobús con su contenido. 

Sólo se encontraron las gafas de la madre de Jeremiah.

El viejo doctor Ezequiel muestra una cara de asombro desmesurado, casi pánico, mientras sostiene a la criatura recién surgida de entre las piernas de Jane. Entre sus manos, se revuelve un precioso y rollizo bebé medio calvo, empapado en líquido amniótico aún, llorando y berreando como todo bebé sano debe hacer nada más nacer. 

El problema, es que el crío en cuestión, es oriental. Cosa un poco desconcertante, porque no ya los Amish guardan una escrupulosa fidelidad hacia sus parejas, si no que el ciudadano japonés, diría yo, más cercano, está ahora mismo a unos 500 kilómetros de distancia comiendo ramen precocinado mientras ve la Super Bowl en la televisión por cable. Junto a él, su mujer, también japonesa, y sus 3 hijos, disfrutan también de la cena y del espectáculo del fútbol americano. 

La tragedia es obvia, pero no hay explicación. No hay nada más triste en el mundo, que una mujer sollozando después de dar a luz. Porque bajo ningún concepto son lágrimas de alegría. Jeremiah, aunque no bebe, ya va por la tercera botella de vino de misa. El doctor Ezequiel intenta contactar desde una gasolinera a 15 millas, con algún doctor de la gran ciudad, ya que después de echar un ojo a la Biblia, no ha encontrado nada lo suficientemente satisfactorio. 

 

Pobres Amish. O no, porque aunque no lo sepan, no están solos en esta desgracia. Este curioso episodio que aquí se relata, está ocurriendo ahora mismo en todos y cada uno de los paritorios del mundo. Desde la clínica norteamericana más prestigiosa, hasta una chabola en medio de la llanura africana. Todas y cada una de las mujeres que den a luz a partir de ahora, parirán al hijo de otra. 

Y sentirán el rechazo, y tendrán que aprender a amar a alguien que han llevado dentro de sí. Y habrá miles de problemas por sospechas de infidelidad. Y asesinatos. Pero como en una palangana de agua estancada que un niño golpea para ver como se derrama el agua, todo acaba por volver a la calma, y todos acabarán aceptando otra cosa más que son capaces de explicar. 

Es por eso que Dios está llorando de la risa. Porque esta última broma antes de asumir que ya nadie tiene esperanza ni fe y pegarse un tiro en la cabeza, ha sido una de las mejores de toda la jodida Historia.

_Flashstand

Ah, joder, vale.

Escucho las alarmas previas a un bombardeo táctico nuclear sobre población civil que hice que me implantaran en el cerebro aquella vez. 

Estas alarmas, las accionan una serie de estímulos, que cada vez se dan más, situaciones que se repiten curiosamente de noche, curiosamente con un denominador común, curiosamente siento curiosidad. 

Un científico loco coge una probeta de pyrex y mezcla en ella los ingredientes necesarios para personalizar una única bala que no puede matar a nadie excepto a tí. Repite la operación varias veces, y arma con esta temible amenaza a personas con un único objetivo en sus vidas: acabar con la tuya. 

Conocen tus puntos débiles, sus lobotomizados sistemas nerviosos lanzan impulsos que actúan con precisión meridiana sobre tu incapacidad. De todas formas, piensas. Tampoco era tan complicado, piensas. 

Pero bueno, ¿qué dijimos sobre pensar, jovencito? Que nada de pensar. Que luego hay mucho, mucho más que pensar. 

En fin, estando en situación de Def Con Uno, por un momento, y desobedeciendo como un niño malcriado, piensas, y te despejas. 

Y notas algo. No mucho al principio, pero después se hace más notable. Así que vas al espejo del baño, y enfocas tu vista sobre él. Ahá. En efecto es lo que pensabas. Un brazo cubierto con lo que parece ser la manga de una bata blanca, coronado por una mano provista de un guante de latex te sale de la base del cráneo. 

La mano empuña una probeta de cristal pyrex llena de los ingredientes necesarios para personalizar una única bala que no puede matar a nadie excepto a tí. Y sin mediar palabra, y antes de que puedas reaccionar, te lo estampa en la cara desgarrando tus ojos, mejillas y labios y saturándolos con la temible amenaza, que tiene un único objetivo: acabar con tu vida.

_Hidrocodona y la playa

En el suelo hay un dibujo de una playa. Y un bote vacío de Vicodina. 

Y ahora, incomprensión en la cara de Inés. Ah, y pánico. 

Y otra vez incomprensión. 

– ¿Por qué estás a su lado y no haces nada? Después de que te haya hecho un dibujo y todo… Eres un hombre malo. 

Él la mira, y no dice nada. Saca su teléfono y llama a una ambulancia, mientras recoge el dibujo del suelo y lo posa delicadamente sobre la mesa. 

Cuando se gira, Inés no está allí ya, pero tampoco parece importarle demasiado. Total, ¿Qué va a poder hacer ahora para calmarla? Probablemente… nada.