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– ¿Cómo puedes ser tan egoísta? – dijo mientras afloraban las primeras lágrimas previamente anunciadas por un morro arrugado.

Durante un momento me pregunté dónde había quedado toda la suficiencia que llevaba soportando durante la última hora y media. Después reaccioné.

¿Egoísmo? Tu no sabes una puta mierda sobre egoísmo. No tienes ni puta idea de lo que es hacer algo por otra persona, no haces más que aparentar. Eres como un jodido robot. Me puse en pie. En algún lugar de mi corazón, realmente esperaba que todo fuese a mejor en algún momento. Después vi que no, porque toda tu puta vida has vivido una mentira. Sé porqué estabas conmigo, sé porqué te ha pasado todo esto, pero no te lo voy a decir, jódete. Si te lo dijera, estaría dándote más aún de lo que ya te he dado. Por Dios, hay que joderse. ¿Egoísmo? Me cago en la puta, esta si que es buena. Fíjate tú que había intentado ver cómo sería esta conversación, pero, ¿esto? Esto me ha pillado a contrapié, te lo puedo asegurar. Hay que joderse.

Le hubiera dicho esto y mucho más. Pero no lo hice. Es lo que ocurre con los cobardes, que siempre acaban con el mismo tipo de mujer. 

– ¿Egoísta? Yo creo que has sido tú la egoísta.

– Vete de mi casa.

– Adiós.

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