_Polvo y cenizas

No recuerdo con exactitud cuántos años tenía cuando murió mi abuelo. Entorno a los 12 o 13.

Lo que si recuerdo, es cómo mi madre llamó al colegio para que me dijeran que recogiera a mi hermana y que fuera a casa. Ahí ya entendí que algo no iba bien, mi madre Siempre venía a buscar a mi hermana.

Llegamos a casa, y no había nadie.

Al de un rato, oímos el ruido de la puerta y fuímos a la cocina, a ver qué ocurría. Antes que un saludo, antes que un beso, mi madre nos miró y nos dijo: “Se ha muerto el abuelo”.

Así de rápido se muere uno, y tan sutil es el eco que se hace el mundo de la muerte, que nadie nota nada.

Apenas nosotros entendíamos lo que significa eso como para notar algo.

_Outsourcers

Se busca

Outsourcer de la opinión

Persona irresponsable y cínica requerida

Para poner trabas

en el trascurso normal de los días de la gente

que todavía tiene algo por lo que levantarle la mano

al contexto .

Indispensable apatía y una empatía débil y selectiva

Indispensable no es nadie .

No se hará contrato. Se esperará un pago en reproches

Que demuestren su valía como Outsourcer .

Indispensable conocimientos de absolutamente todo, y habilidades precognitivas

Pero indispensable no es nadie.

Valorado carnet de conducir y coche propio, en el que llevar

egos dolidos hasta el mismo fin del mundo .

O hasta la rotonda de la esquina para Siempre .

Llamar por las noches, que es

sin duda cuando más bebo

y más sobrio es todo .

_Intimacy Uno

… y se le mete algo de jabón en el oido, pero no se da cuenta.

Cuando está secándose frente al espejo, pensando a ratos que es muy guapo, y también que es muy feo, empieza a notarlo. Ese leve pero molesto crujido, del jabón en su oído.

Se mete el dedo, pero nada, no logra pararlo. Está muy dentro.

Derepente de le ocurre que puede imaginarse que ese ruido, es el de un plato de vinilo a punto de reproducir el primer corte de una de sus caras. Ni más ni menos. Ese ruido es.

Qué agradable es ahora escuchar el jabón en su oído, mientras espera que suene cualquier canción que a uno se le pueda ocurrir.

-Maravilloso- piensa, mientras mira a su reflejo, desafiándolo.

 

_Nota al pie

A veces todo cobra un cariz tan absurdo, que incluso si todo Esto no tuviese una pinta maravillosa, el camino a seguir sería la evidencia en todo su esplendor, señalado por un dedo índice gigantesco.

 

 

 

 

 

_Cadaver

Hay un árbol

Que pasa junto a un río

Que simplemente permanece

Porque es mejor que corra el árbol

Y no él

Porque para qué.

Hay una roca que arrulla al viento

porque para qué

Si huele a cerrado

y no hay árbol que de sombra

Y por último

hay un muchacho

Que viaja

con los pies bajo el río

con el agua sobre todo lo demás

Y lo hace sin moverse

porqué todo se mueve muy deprisa

Y viaja a donde quiere estar

Que es a unos 1500 kilómetros

si es que puedes nadar durante días

y a un poco más si es que no puedes nadar durante días

o lo que sea

Y le da igual lo raro o absurdo que sea todo

o lo lejos que esté Ella

porque él

sobre todo

Viaja hasta su Cuello

y hasta su Abrazo

.

_Sombrero de Copa (parte 2 de X)

Llegó a la cuarta planta como un ciclón, casi resbalando por la moqueta roja.

Paró en seco y le dio un ataque de risa al imaginarse la amoratada boca del botones. Quizá antes de irse pararía y le daría una paliza con la manos desnudas.

Sí, porqué no.

Sombrero de Copa suspira fuertemente, se asegura de que el monóculo sigue en su sitio – y así es – y tras posar brevemente con el bastón perpendicular a su pierna derecha, totalmente erguido, prosigue su marcha hasta la habitación del gobernador.

Toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc!

Abre la puerta un hombre con una libreta apoyada en su brazo y sujeta con su mano. En la otra tiene un bolígrafo Bic de color azul.

-¿Qué desea? – espeta.

-¡Quisiera hablar con el Gobernador!

El hombre comienza a girar el bolígrafo, atrayendo la atención de Sombrero de Copa hacia sus manos.

-El señor Gobernador no recibe visitas más tarde de las 6, lo siento mucho. Tendrá que volver mañana. Hasta luego.

Y cierra la puerta, dejando a Sombrero de Copa frente a frente con la mirilla de la misma.

Pasan dos minutos. Y luego pasan otros tres o así, y Sombrero de Copa, que ha estado callado todo el tiempo, pensando, inexpresivo, que tan sólo ha dejado de hacer tanta fuerza con el ojo para sostener el monóculo, da dos golpes con el bastón en la puerta – toc, toc – y espera.

Se oye una maldición al otro lado, y el mismo hombre vuelve a abrir la puerta. Pero ya no hay nadie. Pero sí parece haber algo. Desgraciadamente ha tenido que asomar un poco la cocorota para verlo, y es demasiado tarde para esquivar el bastón que se acerca a unos 80 kilómetros por hora. El hombre cae inmediatamente al suelo, partiéndose el labio superior contra uno de los enganches metálicos de la moqueta, y sangrando abundantemente de la cabeza.

-¡NO SOPORTO LOS BOLÍGRAFOS BIC! ¡NO LOS SOPORTO! – grita Sombrero de Copa, pateando el cuerpo que no es más que un peso muerto ahora mismo.

Después, se reajusta el frac y la dignidad – que apenas se han movido – y entra a la habitación pasando por encima del moribundo asistente del Gobernador…

_Sombrero de Copa (Parte 1 de X)

Sombrero de Copa entra al edificio dando vueltas a su bastón a medida que avanza, con paso firme. En su ojo derecho, lleva engarzado un monóculo ligeramente empañado por la prisa, con una cadenita hasta un bolsillo de su chaqueta de frac.

Golpea repetidamente el llamador de la recepción.

Ding ding ding ding ding ding ding!!

Un aletargado botones sale de la portería.

-¡Caramba muchacho! ¡Ya era hora!

Bostezo.

-Sí, esto… ¿Qué deseaba el señor?

-El señor deseaba audiencia con el Gobernador.

-El Gobernador no recibe visitas a partir de las 6, señor…

-Sobrero de Copa, Señor Sombrero de Copa.

-Señor Sombrero de Copa- concluyó el jóven, reprimiendo una risita.

-¡Oiga jóven! No estará usted riéndose de mí, ¿verdad?

-Oh, cielos señor de Copa, cómo podría, en absoluto.

-¡Señor Sombrero de Copa!

-¡Señor Sombrero de Copa! – repitió el jóven sonriendo finalmente.

Con un gesto improvisado, directo y de una efectividad total, Sombrero de Copa cambia la situación de quietud del bastón por un movimiento certero, que acierta con su empuñadura en plena boca al jóven botones.

La incomprensión brota a borbotones de las encías del muchacho, mientras se lleva las manos a la boca y se le saltan las lágrimas.

-Por… ¿¡Porqué ha hecho eso!?

-¡Jóven! ¡Ha de aprender usted modales!

Y con un gracioso giro, previo golpe final al llamador metálico – ¡Ding! – comienza a alejarse caminando con el cuello a punto de reventar de orgullo, y el bastón bajo el brazo.

Ni el monóculo se le movió de su sitio mientras enfilaba las escaleras…

_Caffeine reloaded

Hoy he estado lejos, y creo que es la primera vez que viajo en sueños y tardo en llegar casi lo que tardaría en la realidad.

#Bed Tales Nine: Nerja

Estoy lejos pero estoy contigo. Llevo horas postrado en un autobús de mala muerte, con una sudadera tapándome a duras penas el cuerpo. De día el calor es insoportable en las ciudades, pero la noche en la autopista, es gélida. Me estoy helando.

Nerja es increíblemente tranquilo. Seguro que en la realidada es más bonito que tranquilo. Y no como yo me lo he imaginado. Pero eso da igual, porque íbamos a la playa, y se nos olvidaban los teléfonos móviles y decíamos: “da igual”.

El ascensor del bloque era un poco raro porque no tenía puertas y daba directamente a las cocinas de la gente. Esto tampoco importa, porque tú no tienes ascensor. Supongo que me apetecía un ascensor y lo he puesto ahí, como me apetecía estar contigo y me he cogido en pantalón corto un autobús hasta Málaga para verte.

Y otras muchas cosas, que cogeré.

_Bombón (Café 5 de 5)

-Es genial que podamos estar todos aquí ahora, compartiendo nuestra pasión, nuestro camino.

Su sonrisa casi me convence. Pero no.

– Esta semana damos la bienvenida a Steward. Steward, ¿te importaría contarnos algo sobre tí?

-Bueno, hola. Pues me llamo Steward, como bien ha dicho Cornelius, Steward Forrester. Soy productor de televisión.

La reacción cuando digo a qué me dedico siempre es la misma. Murmullos, sonrisas de aprobación. Es como tirar una bomba de feromonas. Todo el mundo siente la necesidad de preguntar algo, cómo hacéis esto, en qué programas has trabajado, es verdad que te hace más gordo la tele, me dejas comerte la polla. Mierdas.

La tarde transcurre increíblemente lenta. Intento, esforzándome lo más posible, entender cual es el problema de cada una de estas personas. Cómo han llegado a basar sus vidas en una minucia para poder ser así siempre las víctimas y que sea legítimo escudarse en una mentira. Una mentira que cambia según convenga.

El capitalismo negociando ya con ideas y creencias.

-¿Puedo comerle la polla?

-No, no puede

Inventarse conversaciones siempre es divertido.

Observo con tristeza sus pobres argumentos, su ciega fe en algo que ya no pueden ni corroborar, ni comprobar. Algo que ya ni les afecta, pero que fue, seguramente, lo que los llevó a necesitar creer en algo para seguir adelante. Y aquí estamos.

Recuerdo mi misión, y me relajo un poco.

Había un tipo de unos 30 y bastantes, inquieto. Era uno de estos rednecks sureños que se acuesta con sus primas en el granero. No paraba de balancearse hacia delante y hacia atrás en su silla. Puto loco, me estaba acojonando. Con la mirada perdida, y unos mechones de pelo liso cayéndole, grasientos, sobre la frente. Su peto vaquero de John Deere, sucio de tierra y de grasa de automoción.

-Ben.

Mirada vacía.

-Ben, ¿no quieres contarnos cómo ha ido tu semana?

-No.

-¿Por qué?

-Porque no.

Qué tenemos aquí. El tipo inquieto no es de muchas palabras. Hay un silencio incómodo, en el cual Cornelius deja entrever que no le gusta que las cosas se salgan así de madre. Es mucho más gratificante cuando la puta morsa de mediana edad estándar americana cuenta cómo le ha ayudado Dios en su vida, y cómo ha entendido al fin que las cosas malas son pruebas de fe, tentaciones de el Diablo, y que había que ser fuerte en la fe. Yo solía pensar que las cosas malas, eran una especie de test para ver si te merecías las cosas buenas que iban a acarrear estas. Después ya me di cuenta de que las cosas malas pasan, y aunque te comportes en ellas como si fueses el mismo Dios entre los hombres, después habrá mierda y más mierda. Y a veces cosas buenas. Pero la mierda las sepultará pronto, así que nadie puede garantizare que llegues a verlas del todo.

La gorda estaba arrancada, y había aprovechado el silencio de Ben para darle a la lengua. Me cago en la leche. No callaba, no paraba de soltar mierda. ¿Habéis visto ‘Jesus Camp’? La gorda de las gafas que da “misa” a los críos. Igual, sólo que esta era retrasada mental, y la otra se estaba forrando a costa de esos primos. Vamos, como Cornelius, más o menos.

-Gracias Martha. Quiero que sepas que tanto el resto de tus hermanos como yo estamos contigo en el camino.

-Gracias Cornelius, ¡Amén!

-¡Amén!

-Él sabía que esto ocurriría.

-¿Ben? ¿Decías algo?

– El lo SABIA. Lo sabía.

-¿Quién sabía qué?

-Él. Lo sabía.

Fantástico. Premio Nobel de literatura.

-Ben, no…

– Le avisé de que algo así pasaría. Nunca debieron entrar en el granero, ¡Nunca!

-No entiendo…

– Les dije a esos hijos de puta que no me molestaran, pero no quisieron escucharme. NO QUISIERON ESCUCHARME. ¡Y MIRA AHORA!

El jodido psicópata se había levantado, y con un rápido gesto, rebuscó bajo su peto y levantó el brazo esgrimiendo una pistola Beretta de 9 milímetros.

Genial. La gente empezó a soltar OhDiosMíos y algunos se tiraron al suelo, en una patética demostración de lo mucho que querían la vida que tanto odiaban. Resulta que al fin y al cabo Dios no tiene nada que ver en la muerte de uno.

-Ben, por amor de Dios. No se de qué hablas. Dejemos que los hermanos salgan fuera y cuéntame lo que ocurre, lo solucionaremos.

El problema, es la jodida dependencia. Siempre lo ha sido. Déjale sólo en el puto desierto y verás cómo no ocurre nada. Eso sí, llévalo de la mano, y se jodió.

Total, que para qué enrrollarme en este tema. No me apetece describir cómo fué todo, así que diré que el loco este mató al reverendo, a la gorda, y a dos hermanos gemelos que competían entre ellos por ser más fanático que el otro. Después, saco el cargador de la pistola, sacó todas las balas, lo cargó con una bala sucia, muy vieja, amartilló y se pegó un tiro un poco más atrás de la barbilla, hacia el cerebro, salpicando toda la parte trasera de la sala con sangre y sesos.

No me moví de mi silla en todo ese tiempo.

Media hora después, unos 30 policías se estorbaban unos a otros. Mientras unos tomaban fotos alternativamente a las tetas de las reporteras de la televisión y a los cadáveres, otros hablaron con nosotros para reconstruir los hechos. Me pregunto yo qué cojones hay que reconstruír en un delito en el cual el culpable se aplica a sí mismo la ley de Talión. Perdone, pero es que no tiene usted nada que hacer aquí ya. De todas formas, si por deporte quiere hacerles a estas personas revivir el momento unas cuantas veces, no se corte.

Estaba yo junto a la mesita del café, mezclando los ingredientes. Se me acercó un crío de unos 22 o 23 años. Fantástico, han mandado a la caballería pesada a tomar declaración.

-Buenas tardes.

-Hola.

No le miro.

– Tendrá usted que contestar a unas preguntas antes de marcharse, señor…

– Forrester.

– ¿Puedo tutearle?

– No, no puedes.

– Ya, bueno. ¿Desde hace cuanto tiempo venía a las reuniones?

– Aproximadamente… hoy. Era mi primer día aquí.

-Wow, vaya. Ha debido pasarlo usted mal. Lo siento.

-No lo crea. No lo sienta.

– Ya, bueno. ¿Había notado algún comportamiento extraño en el individuo?

– Que tengas un cuestionario estándar no significa que tengas que ignorar lo que te digo. No le conocía de nada. No había estado antes aquí.

-Cierto, disculpe. ¿Puedo preguntarle que le mueve a venir a estas reuniones?

Miro mis manos, y sonrío. Levanto la cabeza, y olor se hace más nítido. Noto el calor. Casi percibo la dulzura. Y el amargor. Todo. La cremosidad de la textura. El bouquet asqueroso que se le queda a uno.

– Por el café, hijo. Yo vengo por el café.

_Con leche (Café 4 de 5)

El mejor bar de sushi de Tokyo es un tenderete en un callejón oscuro, junto a un pequeño parque. En el parque hay un templo pequeñito, con un gran cascabel colgando de la tejabana frente a la puerta principal. También tiene una fuente ritual. 

Apenas se puede diferenciar qué es el bar  y qué es la calle. Una cortinilla que reza algo en kanjis que no puedo entender (como si pudiera entender alguno), es lo único que te sitúa en posición de pedir comida. Te he preguntado hace ni cinco minutos lo que significaba el letrero ondeante, pero me perdí en tus ojos otra vez y no recuerdo con claridad lo que dijiste. 

Estamos aturdidos por el sake, y empezamos a contarnos historias de cuando estuvimos a punto de morir siendo unos críos. Después yo te digo que el café japonés es una vergüenza, que lo suyo es el té. Esto te lo digo mientras intento parecer sobrio entre todos esos trabajadores impasibles, borrachos como cubas, inmóviles, en silencio. Sin éxito. Pero tú hace un rato que estás cantando canciones de tu infancia, y entonces tu genialidad me vuelve a atrapar y te miro fijamente mientras haces tu actuación estelar. 

El cocinero te mira y asiente con admiración. Los japoneses del bar, miran de reojo. Piensan que quizá me ofenda si les pillo mirándote con descaro. Pero es que yo mismo estoy demasiado ocupado siendo un descarado que te mira. 

Al de un rato noto como te alejas un poco, y no lo entiendo. Pero en seguida estamos en mi coche, sobrios de tanto besarnos, sudando de tanto querernos, y te veo cerca, te noto cerca, y te quiero aquí mismo. Y en ese momento, sé que todo va a ir bien en los bares de Tokyo. Y me acuerdo de Estocolmo, y también de Manila, aunque esto último es raro, porque no recuerdo haber estado.

Donde sí recuerdo haber estado es en tu casa, así que te acerco, y te despides sonriendo, y cuando tú sonríes, yo hay veces que pienso que la sonrisas que me provocas me van a desgarrar las mejillas. Pero nunca, nunca tengo suficiente.

Y ya después, en mi casa, aparco y un repartidor a punto está de embestir mi coche, pero me esquiva, y le pito y me pita. Jodido cabrón, cómo tienes tantos huevos. Luego me calmo enseguida porque me imagino que me tocas el hombro y me haces “shu, shu”, y sale el sol a las 23:34.

Y pese a los repartidores, me siento muy seguro, porque en Japón parecen haber ajusticiado a todos los católicos, por mentirosos, y cuesta ver una cara larga, o al menos preocupada.

Y una cruz, ni te digo.