_Reverencia (Cartas para ellas, 1 de 5)

Bilbao, 16 de Abril de 2010

Querida X,

Hoy lo he entendido todo. Todo. Hoy te he puesto en tu lugar, y por suerte o por desgracia, me he puesto a mí en el mío al hacerlo. Hoy he visto esas fotos tuyas, esas tan alegres. Esas con las serpentinas y la piñata. Un cumpleaños feliz. Hoy he visto algo que, por algún motivo, llevaba oculto a la vista desde hace mucho. Por algún motivo, no sé cual.

Recuerdo las tardes de primavera, las tardes de verano. Recuerdo tu olor y tu voz demasiado aguda. Recuerdo tu pelo alisado a conciencia. Recuerdo, de hecho, la primera vez que te vi. La puta primera vez que te vi.

Esa vez ya supe que ibas a ser para mí, pero como un verdadero novato, como un cretino, me enamoré. De objetivo pasaste a ideal, y de ideal, pasaste a obsesión, y parece ser que te asustaste o algo. Normal. El caso es que de obsesión pasaste a 12 cervezas cada noche. Pero bueno, esto es harina de otro costal.

Por aquellos tiempos, yo andaba no menos perdido que hoy. Siempre he sabido como tener a la gente a raya, cómo tenerles a la distancia adecuada. A tí me acerqué yo, y todo ardió como si fuera yesca en agosto. Hablábamos, y nos contábamos nuestras cosas, y mis relaciones fracasaban una tras otra porque no conseguía proyectarte sobre las otras como a mí me gustaría. En realidad, mi deseo era no tener que proyectarte. Mi deseo eras tú, entera, recién levantada, descalza, sudada, enferma, imponente antes de salir, desnuda en mis sábanas apestosas. Eras tú.

Perdonad. Lo siento. De verdad.

Pero claro, yo siempre he sabido cual era mi liga. Mi liga no era la del sábado noche. Ni la del viernes, ni ninguna de esas, vamos. Mi liga, hasta hace bien poco, ha consistido en chupar banquillo. Da bastante asco darte cuenta 15 años después que podías haber sido titular en segunda, y ya subirías de categoría más adelante, o no. Pero claro. Con 16 años, eres poco más que un arrebujo de hormonas que busca sólo una cosa: fluidos corporales. Al precio que sea. Toma mi dignidad, mis valores. Mi vida entera. Tómala. Mea, caga encima si quieres. Me da igual si lo haces sonriendo, aunque sea con temor.

Recordarás que, de una u otra forma algo teníamos. El problema, es que las que son como tú dicen “te quiero” a los que son como yo, y se follan a los que no son como yo. Pero aún así, aún con ese absurdo al que me veía sometido cada día, aún así te deseaba.

No sé cómo seguir. Me vienen a la mente miles de imágenes y momentos. Me viene a la mente cuando en verano, te di una pulsera mía, que nunca te pusiste. Tu me diste una que ya no te gustaba. Te  llamé varias veces pero siempre era inadecuado. Todo mejoró con el comienzo del curso. De nuevo bebíamos en la calle con el calor remanente del verano, nos contábamos cosas, e íbamos a bares, pero yo, era de los que no bailaba. Yo sólo bebía mientras sonreía, y mientras cada lágrima tuya me sentaba como una patada en los cojones.

Gol del tipo que juega en tercera regional. Yo sigo en el banquillo.

Realmente, esto es sólo un símil para explicarme. Sí, por aquel entonces, se trataba de puntos, pero a mí eso me daba igual. Saber que iba a verte cada día, era una satisfacción más que suficiente. Levantarte y sonreír. No recuerdo que me haya pasado muy a menudo desde aquella época.

Y seguro que también recuerdas el día que en un momento de lucidez, entendí todo. Entendí de lo que era capaz, entendí dónde estaba posicionado. Lo entendí. Te busqué por todo el Casco Viejo de Bilbao, te encontré, te llevé aparte y te comí la boca como si me fueran a pegar un tiro en la cabeza después. Me seguiste, presionando fuertemente mi lengua con la tuya, abrazando cada espacio, cada recodo. Todo. Lo querías todo para tí, lo deseabas. Y yo tenía toda la noche y toda la vida para dártelo. Todo el tiempo del mundo estaba concentrado en un beso entre 2 borrachos. Como pude repasé tu cuerpo con las manos, toqué tu espalda bajo la camiseta, toqué tu cara, la recogí en mis palmas como si fuera La Cosa Más Frágil Y Valiosa Del Mundo. Como si te fueran a pegar un tiro en la cabeza después.

Y todo aquello, aquella maravillosa escena que me estaba convirtiendo en la persona más feliz del mundo, el sueño más anhelado convertido en realidad en un apestoso cantón del Casco Viejo, todo aquello, acabó en cuestión de 10 segundos.

Seguro que recuerdas que mediamos dos palabras, y me dijiste:

– Besas… genial…

Mientras me mirabas.

Yo te respondí:

– A mí también me gusta mucho como besas.

Y nos levantamos porque tus amigas estaban por ahí imaginándose qué se yo, o eso me dijiste. Y nos cogimos de la mano, para andar los 20 metros que nos separarían para siempre. Era lo contrario al paseillo hasta el altar, si uno quiere ponerse folclórico o vomitar.

Antes de que nos vieran me soltaste la mano y no me volviste a mirar. Vaya.

Después todo fue horrible, lo sabes. Te costaba entenderte a tí misma. Lo sabes. De repente, como si no hubiera habido ninguna señal previa, hay un tipo que está dispuesto a llevarte al cine, a cenar, a matar osos, ciervos, koalas y a conocer a tus padres. Y tú, sigues en el mismo punto que ayer pero sobria y pensando: Qué he hecho.

Y yo, tengo la dopamina por las nubes y creo que voy a morirme de alegría cada vez que respiro. Maldita sea.

Al final acabamos hablando de nuevo y esas cosas, ¿te acuerdas? Te dejé mi chaqueta en el baile de fin de curso para que no te helaras. Me dijiste que me quedaba muy bien el pelo con gomina. Yo te dije que estabas imponente. Hasta parecíamos personas mayores, pero con la ventaja de que te van a hacer el desayuno al día siguiente y con varias botellas de alcohol guardadas para seguir bebiendo cuando nos echaran del bar.

Pero todo fue una tirita. Necesitabas quitarte esa espina, supongo. No te culpo. Sabías que no íbamos a vernos nunca más. Yo seguía deseándote en secreto, pero había aprendido por fin, tras años, a tragármelo todo sin rechistar. Así que asentí a todo lo que me dijiste y te abracé.

Recordarás hace 2 años aproximadamente cuando nos vimos. Yo iba con mi actual pareja, tú también. Fue en un sitio por el cual todo el mundo pasa, pero nadie para. Tú y yo nos paramos, mientras los otros dos miraban y remoloneaban, sin entender porqué nos mirábamos así.

Ahora, sé que somos cada uno la perfecta antítesis del otro. Tú acabarás necesitando 6 cubiertos en cada comida. Yo he comido durante días salchichas crudas en el propio supermercado para no pagar. Tú vas a bares en los que la copa cuesta 10 euros y los pagas sin rechistar. Yo me meto en los cojones una botella de plástico llena de ron antes de entrar a cualquier bar. Tú tendrás por lo menos 3 hijos y los usarás como catalizador para transformar el asco o el odio que sientas por su padre cuando ya no le quieras más. Yo probablemente no tenga hijos, y si los tengo no entenderán nada de lo que les dice su estúpido padre.

Pero aún así, siento eso que queda pendiente. Siento que te llevaría a mil sitios, y te haría reír continuamente hasta que me pidieras por favor que pare. Lo sé. Lo supe cuando volví a verte, aunque ya no me parezcas ni guapa, y me parezca que tienes demasiado pecho, y piense que te maquillas demasiado. Lo haría. Porque entré a sitios donde no creo que haya entrado nadie más.

Y tú lo sabes.

Lo sabes.

Con cariño,

Y

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9 thoughts on “_Reverencia (Cartas para ellas, 1 de 5)

  1. Me alegro de que te guste, Trotsky. Pero eso no me hace menos cobarde, ni a mi ni a nadie.

    Apenas puedo escribir. Me voy a dormir.

  2. Pingback: Reverence (Letters for her(s) 1 of 5) | No son horas . . .

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