_Cortado (Café 3 de 5)

Cristina alberga mareo y dolor en el espacio hueco que se encuentra entre sus pendientes de perlas blancas gigantescos. Ayer bebió demasiados licores de frutas, y estar con la regla no ayuda demasiado a metabolizar el alcohol. 

Cristina tiene 15 años, y es una de esas niñas de las Nuevas Juventudes que huelen a frutas. Coco, fresa, melón. Oler a una fruta es la cúspide del buen gusto para Cristina. Y para todas sus amigas. Pero ahora no está con las amigas del colegio, sino en las Islas. 

Aquí el resto de chicas del grupo de amigos, no huelen a fruta ya. Huelen a lascivia, o a seriedad absoluta, o a largas tardes de compras por tiendas caras. Pero no a frutas. Huelen a un futuro que no quieren ofrecer realmente a todo aquel con el que follan. 

Y han quedado para tomar algo a media tarde, ya que mañana, algunas de ellas tienen que volver. Así que han ido a un lounge bar, de estos que tan de moda están últimamente, para tomar un café. 

Cristina no ha bebido nunca café. Piensa que pedirá otra cosa. En Madrid todas sus amigas piden siempre Coca Cola Light, o Nestea. Por eso piensa: “pediré otra cosa”. 

El camarero se acerca, y una de sus amigas le hace un comentario a otra por lo bajo. Ambas se ríen. Después pide un café largo con hielo y sacarina, con leche desnatada. Café con leche desnatada y hielo. Capuccino. Cortado con sacarina. Sólo con Baileys y hielo, con sacarina. 

Le llega su turno. Piensa que si todo el mundo toma café, va a quedar como una cría pidiéndose una estúpida Cola. Así que pide lo que siempre pide su madre:

– Un Irlandés, pero de Bourbon. 

Todas la miran, con matices entre el asombro y quizá algo de veneración. Algunas piensan que es jóven para beber Irlandeses, pero qué demonios, si sabe lo que es se lo merece. Una se rasca el cogote ya que ha bostezado justo cuando Cristina ha pedido y no ha oído nada. 

Sigue el enunciado de cafés. No hay uno igual a otro. Descafeinado de cafetera, que tengo que descansar para mañana. Con leche semi desnatada. Etcétera.

El camarero se va. De nuevo cuchicheos. 

Cristina mira en derredor, mientras se remoza el cabello con esmero, detrás de la nuca. Hay un tipo mirándolas, parece que desde hace un rato. Tiene en las manos unas cuantas hojas manuscritas, y está bebiendo cerveza, directamente de la botella. Ve tras sus gafas una expresión de asco absoluto. Sus amigas estallan en carcajadas histéricas cuando una acaba de hacer un test de la Cosmopólitan, en el que básicamente, el resultado es que es una puta barata sin ambiciones pero con pasta. 

El tipo de las gafas se levanta, recoge sus papeles y un lapiz, mientras sostiene un cigarro con la boca. Apaga el cigarro en el cenicero, apura la cerveza y se va dejando un billete de 5 euros en la mesa, al tiempo que se mimetiza con la oscura pared antes de andar 5 metros siquiera.

Cristina siente un poco de vergüenza ajena por sus amigas. Rápidamente se quita de la cabeza esas tonterías, y comenta a ver si alguna ha visto a ese tío tan raro. Una dice que le suena de vista. El resto se rascan el cogote. 

Llegan las bebidas. 

Esto para usted, esto para usted, esto otro para usted. 

Cristina tiene delante de los morros una copa ancha y bajita, como las de brandy, con un líquido dorado y otro oscuro acabando de mezclarse, y nata montada hasta arriba. No lo recordaba así. Aunque quizá sea la primera vez que ve uno con nata, como debe de ser. 

Empieza el ritual de la mezcla de los edulcorantes con el café. Tintineos tan estridentes como las risas de las mujeres se adueñan del ambiente del local. 

Cristina escruta la copa desde todos los ángulos que puede sin llegar a parecer una completa ignorante. Coge la cucharilla, y remolonea sobre la nata unos segundos, hasta que está completamente impregnada por una fina capa de lácteo. Se la lleva a la boca y piensa: “está buena”.

Repite esta dinámica varias veces hasta que una de las chicas, la cual siempre actúa como una madre, porque es la mayor del grupo (20 años) le espeta: “Cristina, ¡se te va a enfriar!”

– Tienes razón, jaja, estaba pensando en lo que habéis hablado – dijo Cristina rascando la copa con las manos al tiempo que la levantaba hacia sus labios. 

Da un trago largo al café, procurando absorber también algo de nata.

Y todo ocurre muy deprisa.

Lo primero que le pasa por la mente, es una cantidad de asombro lo bastante grande como para que despegue el Columbia y después reviente en pleno vuelo. Después todas las papilas gustativas de su boca se ponen a llorar y se contraen violentamente, pese a que sea demasiado tarde. Después el negro loco de ConAir le tira un Zippo encendido en la garganta, y lo nota bajando lentamente mientras todo a su paso arde. Piensa en Dios, Jesucristo, el Espíritu Santo y en la Resurrección de las Almas. Incluso en la Unción a los Enfermos y en las homilías del Padre Damián. Por último piensa en toda la mierda sobre azucarada que bebió ayer y en el pisto que le ha obligado su abuela a tragarse.

Una oleada de vómito color calabacín con líquido oscuro a veces, amarillo otras, sale disparada de su boca con fuerza suficiente como para llegar hasta el otro lado de la mesa. Enfrente tiene a María, que juega a tenis desde los 2 años, con lo que afortunadamente tiene los reflejos suficientes para esquivar el halo de pota que surca el espacio que las separa. 

Cuando el contenido de su estómago toca el suelo detrás de María, la escena vuelve a la velocidad normal y todo el vómito cae simultáneamente por su propio peso, sobre la mesa y los cafés, sobre los iPhones, sobre los paquetes de Marlboro Light, y sobre el suelo. 

Le hubiera gustado ver eso al tipo de las gafas. Seguro.

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3 thoughts on “_Cortado (Café 3 de 5)

  1. Y a mí.

    Yo se de una anecdota que ocurrió en nochevieja, una chica llevaba tal resaca que no pudo soportar la cena y se cagó allí mismo, pantalones ajustados blancos. De esos para salir al guateque.

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