La rutina, amigo.
La rutina era lo que no te dejaba olvidar.
Y no, no ves por donde romperla en ningún caso.
Maldición.
La rutina, amigo.
La rutina era lo que no te dejaba olvidar.
Y no, no ves por donde romperla en ningún caso.
Maldición.
Nivel de resaca: Elevado. Probablemente debido a dormir 4 horas y prácticamente no dejar tiempo de sobriedad entre ayer y hoy.
Daños físicos:
Quemaduras de cigarro en el dedo corazón de la mano izquierda, en el nudillo del dedo índice de la mano derecha (ambas autoinducidas, archivar como “sin explicación lógica aparente”), codo izquierdo, muslo derecho (?) y muñeca izquierda.
Moratones en el muslo derecho y en el gemelo derecho. Lo más seguro es que vayan apareciendo más a lo largo de la semana. Se comunicará a las autoridades pertinentes.
Mordiscos en el antebrazo derecho (por la pinta parece de un espécimen humano hembra, de baja estatura y gran fuerza en las mandíbulas) y en el pezón derecho. Este último es especialmente doloroso, y por el gran tamaño de la herida, el atancante podría haber estado semidesnudo/a. Todo apunta a que era un ser humano hembra más alto que el anterior y con bastante mala ostia. Se percibe cierto ensañamiento totalmente inmerecido.
Rasponazo-raja con sangre seca en la comisura de la herida, en el antebrazo izquierdo. Tiene unos 6 centímetros de largo, y no tengo ni puta idea de cómo llegó ahí. Probablemente tengan algo que ver los sujetos mencionados previamente. Como arma, por decir un par de ejemplos estúpidos, se pudo haber usado un piolet-martillo o un limpiaventanas.
En el antebrazo izquierdo tengo escrito: “La Náusea” Sartre. Comprar libro a la mayor brevedad posible.
Daños psíquicos:
No me sale de los huevos hablar de esto ahora.
Daños materiales:
Aparte del evidente derroche de dinero, ayer el cajero se trago una tarjeta (caducada).
Hechos graciosos/curiosos:
En un metro caben 700-800 personas. Misma hora, mismo tren, misma puerta mismo puto sitio. Qué gracia me hacen esas cosas. En mi huída me encuentro con un amigo de toda la vida, y una pava a la que probablemente no le gustaría nada si me conociera me dice que si puede hacer algo por mí que se lo diga, que si está en su mano lo hará. Afortunadamente a esas horas no puedo pensar demasiado rápido. Si no probablemente me hubiesen cruzado la cara. O no.
Ayer se rompieron unos 3 o 4 vasos de cristal y varias botellas de cerveza. Se volcaron unos 6 vasos de bebida. Uno de ellos fue arrancado de mis manos literalmente. Vendetta.
La unión hace la fuerza. Si te amenazan con rajarte con un cúter, sugiere al individuo en cuestión ir todos juntos a partir la cara a “esos de allí” (idea descartada por el propio delincuente).
Si alguien tiene algo que añadir-aportar-increpar, los comentarios están un poquito más abajo de esta línea.
Ojalá hubiera una puta palabra que describiera esta sensación de resaca, admiración, resignación, empatía, impaciencia, tristeza y emoción.
Pero no la hay.
Jo-der.
“Vamos a evitar mentirnos esta vez”
Ella cruza las piernas bajo la mesa de su habitación, y remolonea por páginas de poco interés de la red. Se enreda los tirabuzones de su pelo sin lavar mientras la iluminación de su rostro va cambiando a medida que salta de una página a otra.
“¿Lo hará? ¿No lo hará?”
Él se levanta aún borracho y remolonea por zonas de su mente de poco interés. Se frota su revuelto pelo sin lavar mientras la palidez de su rostro recobra una tonalidad menos muerta a medida que bebe agua y se repone de anoche.
“Otra vez he vuelto a soñar con ella.”
Ella coge un sobre, lo abre, y lo deja sobre la mesa. Roba un folio en blanco de la impresora, y comienza a escribir. Todo lo que te quise. Todo lo que te querré. Su estilográfica danza a la par que sus apelotonadas ideas, corriéndose literalmente sobre el lienzo en blanco que poco a poco toma forma de historia inacabada.
“Vamos a empezar algo nuevo, algo que no nos haga volver a llorar. Vamos a gritarnos que nos odiamos, y después amémonos para siempre”
Él enciende un cigarro con sus últimas fuerzas e intenta ordenar cronológicamente la noche de ayer. Nah, no va a cobrar sentido por mucho que lo ordenes. Vamos a ver. Todo estaba tranquilo. Falta escena. Estoy sentado en la calle sólo y pensando en ella. Se me escapa una lagrimilla de odio que a punto está de congelarse sobre mi mejilla. Pues eso. Vuelta a empezar. Joder. Obviarlo es… consumirme. La sigo queriendo.
“La memoria es como un perro viejo. Le lanzas un palo, y te trae cualquier cosa.”
Ella mira la carta, con recelo. Tiene que hacerlo. Quizá le cueste soltarlo todo a la cara, pero al fin y al cabo… por los viejos tiempos. Se quita la camiseta y frota la hoja contra su pecho, su abdomen, su cuello, hasta detrás de las orejas. Cierra los ojos. Eh, esta carta es mía. Huele a mí, quiero que huela a mí. Quiero que sepas que la distancia no me va a hacer olvidarte.
“Algún día, volveremos a tumbarnos en un atardecer.”
Él decide hacer algo con su vida. Se da una ducha rápida para quitarse esa borrachera tan tonta que aún perdura. Camisa. Pantalones. Gabardina. Y un pequeño maletín. Camisa. Ropa interior. Camiseta. 350 euros. Glock 9mm. 2 balas. Folio en blanco. Ya está todo.
“No se lo que voy a hacer. Pero seguro que va a manchar. Y no sólo en el aspecto físico.”
Ella se pone encima una sudadera que encuentra por ahí tirada, y unas zapatillas raídas. Coge el sobre, se para en seco, mira a la nada, se da unos golpecitos en el pecho con él mientras piensa en cuando él lo abra, y sale de su piso.
“Vamos.”
Él cierra el maletín, y con el cigarro aún en los labios sale de su piso.
“Vamos.”
___
Al salir al descansillo, se encuentran cara a cara. Él cara de haber dormido poco y mal, barba de dos días, cigarro en la boca. Lleva un maletín y el pelo húmedo. Ella despeinada, ayer lloró, no ha desayunado aún y lleva un sobre. Un escueto “Hola”, y cada uno cierra su piso. Él piensa que no tiene mucho sentido hacerlo ya, ella no está como para pensar en esas cosas. Abren la puerta del ascensor que aún aguardaba ahí tras ser él el último usuario. Un gesto cortés para indicarle a ella que pase delante. Después, pasa él. Se cierra la puerta.
Cada uno en sus cosas, cada uno en sus cosas. Ninguno de los dos volverá a ser el mismo. Ni volverá, de hecho.
Vamos.
-¿A qué tienes miedo?
-…
-¿Eres invencible?
-Así mucho mejor.
-Ya lo creo.
-A nadie le gusta perder el tiempo.
-El tiempo, uah, qué abstracto, qué profundo…
-Qué gilipollas.
-Perdón, ya paro.
-Como te decía, nadie quiere malgastar su tiempo. Aunque últimamente más bien estoy viendo que es una medida de autoprotección. Algo del estilo de “mira, majo, tengo otras 50 000 cosas que hacer, así que espabila, o jódete”. Realmente tu vida es una puta mierda si no es por esos momentos de miseria, pero qué más da, si no haces creer a los demás que tu vida es la ostia, no lo será.
-Curiosa perspectiva. ¿Eres anormal?
-Jódete, jódete, jódete.
-A ver, que te lo digo a buenas.
-Ah vale, entonces bien. Puedes echarme el humo a la cara también, pero eh, a buenas. Si no, paso.
-Céntrate. El “tiempo” que has perdido. Por nada. Y para al final, nadie. La gente te mira raro si les olvidas, y lo mismo si no puedes olvidarles. Hemos llegado a un punto que ni Dios fué capaz de prever. Vamos a ponerle un nombre, venga, que estas cosas molan mucho.
-Te sigo. “¿Permanencia fantasma?”.
-Me gusta, me gusta. Pero cúrratelo un poco más.
-“¿Observativismo social?”.
-Magnífico.
-Gracias.
-A la gente en realidad ya no le importa que no les hables, ni al revés. En el mundo de la información inmediata, lo que queremos es no ser excluídos de “algo”, lo que sea, aunque ya no tomemos parte en ello, o aunque no nos interese lo más mínimo. Son meros observadores que sólo actuan en cuanto les afecta directamente. Además con relativa dureza.
-Vale. Ya sabes lo que tienes que cambiar.
-Sí.
Ella me analiza fírmemente con la mirada. Necesita saber por donde flaqueo, ya que como no fuma, no puede construir en unos segundos una barrera física. Necesita poder atacarme sin piedad en caso necesario, creando la distracción justa para poder escapar.
Llevaba un vestido verde. Algo anticuado para mi gusto, quizá.
Creo que estamos en uno de esos momentos en los que puede que acabes follando, en el que tarde o temprano alguien dice: “¿en qué piensas?” Entonces tienes dos opciones. Decir la verdad, sea cual sea, o decir cualquier banalidad comodín que te permita, más tarde, al preguntarle tú lo mismo a la otra persona, adaptarlo y decir: “Qué casualidad… ¿Crees en la casualidad?”. Y así. Hasta su cama, o hasta donde os dé tiempo.
Y por norma general, se miente. Porque mentir, también es obviar la realidad, y joder, es algo que no podemos evitar. Porque tenemos miedo, miedo al dolor. Algo tan cruel como no tener sentimientos, paradójicamente nos catapultaría a la larga al éxtasis sensorial más intenso, al encontrar exáctamente lo que estábamos buscando… o al ser encontrados.
Pero no suele pasar. Tendemos a forzar las cosas, y acabamos por mandarlo todo a tomar por culo, por miedo a nuestro cerebro, y al de los demás.
-¿En qué piensas?
-Estaba pensando en porqué tú y yo no hemos follado todavía.
Breve pausa que por su violencia se hace sentir como de varias horas.
-Creo que… voy a ir un momento al servicio. Disculpa.
Joder, joder, ¿ha salido de mi boca? Apuro el poco ron que me quedaba y pido otra. Qué cobarde, Dios santo.
Ella vuelve cuando los hielos ya tocan el culo de mi nueva copa.
-Vamos.
-¿Perdón?-respondo torpe-.
-Ven conmigo.
Me levanto, con la copa en la mano, doy un sorbo y dejo lo que queda. Ella apura su ginebra hasta atrás, me da la espalda y comienza a andar entre la gente, tendiendo su mano hacia atrás. Inmediatamente yo la cojo y pego ambas a su cintura. Casi puedo escuchar su respiración entrecortada. Y salimos a la calle. Y llueve como nunca.
Se da la vuelta y me mira. Ya somos uno.
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Otra vez.
Yo pensaba que en estos años, en estas experiencias, había aprendido algo. Ahora sé que no siempre se aprende, no porque no se quiera, si no porque no se puede.