_Impresiones

Una vez, una mujer que acababa de conocer me dijo en un aeropuerto, mientras fumábamos juntos a merced del frío viento de febrero, que lo bueno de viajar sólo, es que te conoces a tí mismo. Si bien no le faltaba parte de razón, el hacer viajes sólo es como un pequeño simulacro: No estás llegando al quid de la cuestión.

En un momento dado puedes sorprenderte a tí mismo con gestos que la rutina había embotado, pero nada más. Quiero decir, el viaje más largo e interminable que he hecho en mi vida fue hace un par de meses, un periplo insufrible de unas 36 horas en las que debía permanecer despierto para evitar que me robaran, dormí en el suelo de dos aeropuertos y en un tren. Aquello no me dejó aprender nada. Sólo elevó un poco el umbral de las chorradas que puedo aguantar sin mandarlo todo a la mierda.

Pero ahora, en Londres, todo es diferente. Quitando los primeros días y momentos puntuales, hasta ahora, que las relaciones con la gente con la que convivo se están avivando, he estado completamente sólo. He ido a clase sólo, a la compra sólo, a ver sitios sólo. He visto cine yo sólo, y he tenido decenas de horas de silencio para aburrirme y pensar.

He aprendido más sobre mí mismo en 2 semanas que en 24 años.

Es bastante acojonante encajar cosas sobre una persona que no conocías pero que resultas ser tú. Me inquieta, pero es lo que hay.

Poco más nos queda.