_Terminal B (Sverige 3 de 3)

Estefanía mira hacia las pistas desde la cafetería. 7,10 euros por 2 míseros sandwiches, gracias, hijos de puta.

Ante su mirada se cruzan dirigidos por luces parpadeantes, boquiabiertos viajeros en tránsito haciendo gestos absurdos con la cara para colocarse bien las gafas sin usar las manos, o bien impertinentes grupos de impertinentes personas, jactándose de un más que probable patético viaje de vacaciones.

Se saca de la cabeza la idea de axfisiar al chico de la caja con su collar de perlas.

Al fin y al cabo él sólo es otro fracaso escolar, lejos de conseguir nunca algo mínimamente parecido a la realización personal.

Aún así, por si le da por volver al ataque asesino en cuestión, empieza un experimento para entretenerse. Busca pautas de actuación en la corriente de desconocidos que tiene ante ella.

El algoritmo empieza a dibujarse ante sus ojos con inteligentes formas equiparables a las estructuras atómicas de una serie de drogas que tomaba hace años. Pequeños hexágonos y pentágonos.

Se sitúan en las lindes de su campo visual, delimitando una especie de cuadrado, una pantalla sobre la cual deslizar sus hipótesis hasta conseguir que queden unidas de forma más o menos satisfactoria.

Cada elemento emergente representa una nueva incógnita, una ramificación adicional que hace del experimento una tarea de variación de dificultad exponencial.

Estef, que es tal y como se presenta a los desconocidos que le caen bien, comenzaba a tener serios problemas tanto como para continuar con el experimento como para abandonarlo. Había dejado de oír, empleando esa capacidad adicional en unir más hexágonos, con más pentágonos. Deja de percibir el olor a mayonesa que despide su boca también.

Más dificil.

Más dificil, sobre todo, porque era incapaz de encontrar una pauta de movimiento igual a otra. Cada persona aportaba algo nuevo y completamente diferente a la ecuación. Nada. Nada en común. Es absurdo.

Hasta que los ve. Sobre cada polígono, agrupados en forma de pequeñas flores matemáticamente perfectas. Círculos rojizos unidos por un filo minúsculo de interrelación azulado.

Las flores, en vez de permanecer en los laterales, eran arrastradas por su dueño con movimientos irregulares, como si fuesen mecidos por una brisa pesada.

Cada uno con su pesada brisa. En pleno invierno.

Estefanía no entiende exactamente porqué ocurre esto. Aunque se lo imagina, pero quiere comprobarlo. Poco a poco, deja de lado su pantalla de experimentación social y echa la cabeza hacia atrás. Y se le escapa un “mierda” que hace que los trajeados alemanes de la mesa de al lado miren atónitos.

Ahí está su jodida flor rojiza, con un pequeño hilillo azul que se pierde en su cabello, presumiblemente incrustado en su cabeza. Ahí está, como está en todos los demás viajeros errantes que se engañan a sí mismos con best sellers de dudosa calidad. Su resignación.

Porque Estef, no quiere estar allí. Sabe a dónde va, y de dónde viene. Y sabe que es demasiado tarde para escapar. Como es demasiado tarde para cualquier otra persona que esté esperando a que abran su puerta de embarque, somnolientos y cansados, sucios, con poca gana. Resignados a coger el avión que haga que sus vidas continúen allí donde las dejaron, o se detengan hasta que vuelvan a por ellas.

No puede ser.

Se le escapa una lagrimilla salada, que resbala por su mejilla izquierda y en un giro imposible acaba empapando su labio superior. Saborea la impotencia de la resignación. Pero se niega a aceptarlo.

Así que, mientras nuevas lágrimas brotan, necesarias, alza sus manos y agarra el hilo, que se retuerce agónico intuyendo qué es lo que van a hacer con él. Y de un tirón, libera sus flores, que se hacen cada vez más pequeñas en su camino hasta el techo, subiendo como un globo de helio hecho de plomo.

Cuando endereza su cabeza, ya no hay pentágonos, ni flores, ni nada. Solo gente andando sabedores o no de que lo hacen sin alternativa alguna.

Recogida de equipajes.

Salida.

Parking.

Hasta luego, resignación.

(Esta entrada es la última de tres, motivadas por la inspiración sueca. Y por otras cosas.)

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