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De pequeño jugaba a que mis peluches y otro juguetes eran suicidas por norma natural. Era divertido evitar que se mataran, porque imaginaba esas muertes como algo de mentirijillas. Como cuando a Mortadelo y Filemón les ocurrían miles de desgracias y de una viñeta a otra estaban perfectamente sanos.

Era muy divertido, aunque quizá visto desde la perspectiva de los años, no lo parezca, e incluso sea siniestro.

Ahora muchas veces pienso que soy yo uno de esos animales suicidas. El problema es que no veo a nadie que pueda evitarlo, y que a veces ni me doy cuenta de que estoy desnudo frente a la bañera llena de agua y una tostadora de pan enchufada en las manos.

Otras veces arrancarme los ojos, sería más sencillo. Después me doy cuenta de que no ver, no me va a hacer entender lo que no entiendo. Y bajo esta premisa, ni siquiera tirarte de un puente de la autopista antes de que pase un camión es algo que pueda ayudarte en nada. Sólo un parche.

Como ponerme una camisa y una corbata y salir con mujeres cada día.

O como trabajar, y trabajar, y trabajar sin ningún tipo de mesura.

La vigilia me devuelve al punto de partida.

Siempre.

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